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LA HEREDERA DEL CINEASTA PATRICIO GUZMÁN

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Tenía menos de dos años cuando se fue de Chile a Cuba, junto a sus padres al exilio. Allí vivió veinte años, donde se empapó de la gente, el mar, el sol, los mangos, los árboles, las flores, el clima. También de la risa de las personas, los gritos, la música, los amigos. Todo lo que hoy dice extrañar. "Hay una idiosincrasia que no se olvida cuando uno se va construyendo en otra parte", dice Camila (35), la hija del cineasta chileno Patricio Guzmán, director de "La batalla de Chile".

Cuando Camila habla de "construirse" no escoge el verbo de manera casual. Efectivamente lo hizo, cuando a los 18 años recurrió al sicoanálisis para reordenar su existencia, encontrar un lugar en el mundo y comprender su infancia y adolescencia. Y ello le sirvió, de alguna manera, para luego realizar el documental 'El telón de azúcar', el mismo que hace unos días le significó el premio a la mejor dirección en el Festival Sanfic, y en donde revisa su infancia en Cuba, y cómo todo lo que le enseñaron se fue desmoronando en el camino.

Después de sus años en la isla, Camila Guzmán partió a Inglaterra, España y Francia. Hoy vive en París y habla tres idiomas, pero su voz pausada y ronca tiene ese inconfundible acento caribeño de quienes se toman la vida con calma, sin prisa. Partió de La Habana en 1990 en la mitad de una crisis en el país: 'Las cosas estaban cambiando mucho: había escasez de todo, no había luz, ni gasolina.

Me fui porque mi papá estaba haciendo la película "La cruz del sur", y nos propuso a mi hermana y a mí que fuéramos sus aprendices. Esa cinta se filmó en Brasil, Guatemala, México y Ecuador. Para mí, fue el primer encuentro con la parte indígena de América Latina. Resultó una experiencia muy fuerte enfrentarme a un mundo que yo sabía que existía, y trabajar con mi papá al mismo tiempo. A partir de esa fecha comenzó mi éxodo de Cuba y poco a poco mi vida se fue formando en otro lado'.

A pesar de que su padre se separó de su madre cuando estaba pequeña, Camila jamás perdió el contacto con él, quien ya había partido a vivir a España. Es más, las influencias paternas se agudizaron cuando ella decidió dejar su carrera de ingeniería civil para convertirse en cineasta: "Él siempre estuvo muy presente para mí, nunca fue un padre ausente. No estaba físicamente, pero siempre estuvo; había contacto, cartas, regalos que quedaban con amigos, paquetes a La Habana. Yo nunca sentí que mi papá no estaba, para mí siempre fue muy normal tener a la familia dividida en distintos países. A los 18 años, cuando me hice cargo de mi vida y de mis decisiones, los traumas los tuve que encarar. No puedes llegar a esta edad diciendo: soy así porque cuando chica, mi mamá hizo de tal o cual forma. Estoy grande, he tenido una vida movida y hay que asumirlo. Lo más doloroso es la dispersión familiar y de mis amigos. Eso fue muy duro, pero no sólo para mí, sino que para toda mi generación en Cuba'.

–¿Te encuentras parecida a tu papá?

La gente me lo dice todo el tiempo, sobre todo acá en Chile. Hacía ocho años que no venía, y me lo ha comentado tanto, que me llega a molestar un poco. Que hablo igual que mi padre, que gesticulo igual. Cansa. Primero, no es verdad porque yo tengo muchos modismos cubanos que mi papá no tiene. Además, él es un tipo muy cerrado, muy seco, y yo soy bastante diferente en ese sentido. Físicamente, es verdad, yo veo sus fotos a mi edad ahora y me da risa ver el parecido, pero de ahí a ser igual, no es cierto.
"Me gusta que cada día sea diferente"

A pesar de todo, Camila dice que ya no le pesa ser comparada profesionalmente con Patricio Guzmán, porque sus motivaciones son distintas. Para empezar, esta película sobre Cuba la hizo para ella y sus amigos. "Nunca soñé con ir a festivales ni hacer una copia en cine. Sólo necesitaba hacerla, fue un viaje, una necesidad, si no fuera así, no hubiera estado cinco años como idiota luchando por sacarla adelante. En un momento no tenía con qué calentar mi casa mientras montaba la película. Lo pasé muy mal, muy sola, sin ni un centavo, con una gran angustia de ver cómo iba a terminarla, porque una producción es muy cara. De todos modos, mi papá hace películas que son como de masa, donde hay un gran coro de gente que habla. Mi película es totalmente intimista, donde hablan personas muy individuales, muy específicas, creo que eso las separa mucho".

Cuando decidió estudiar cine, ingresó a The London College of Printing and Distributives Trades. Entonces supo que no fue en vano que cuando era una niña gateara en la sala de montaje entre cintas de 16 mm, girara las perillas y tirara de las manivelas como si fueran un juguete. "Quince años después estaba de asistente de montaje de mi padre, operando las mismas máquinas. Me acordaba de todo: la enrolladora, la sincronizadora...".

Nunca imaginó que "El telón de azúcar", su primera película que tanto le costó terminar, sería alabada en los festivales de Berlín, San Sebastián y Toulouse, por nombrar sólo algunos. Tampoco le quita el sueño ser free lance ni tener un centavo disponible para cuando llegue el momento de jubilarse. "Me gusta que cada día sea diferente. Esto de trabajar sola es muy difícil. Por un lado, porque tienes que disciplinarte a ti misma, pero esa libertad que tienes de inventar tu día todos los días me gusta, a pesar de la inseguridad económica total. Yo, dentro de tres meses, no sé cómo voy a pagar el alquiler... Vengo de una familia donde siempre las cosas han sido así: mi papá no tiene jubilación y me parece normal, no es algo que me asuste".

–¿Qué quieres expresar con tu cine?

Es una pregunta muy difícil. No tenía mucha conciencia de lo que estaba haciendo cuando filmé esta película, pero me doy cuenta, de alguna manera, que compartir la experiencia de vida de veinte años de una sociedad que fue diferente a todo el mundo, con valores muy positivos, que fueron posibles de llevar a la práctica durante dos o tres décadas, eso da la posibilidad de creer que una sociedad más justa todavía es factible. Si la película ayuda a eso, sería buenísimo. La necesidad de hacer esta película fue recuperar eso. En el futuro voy a seguir abordando el tema de Cuba ligado a mi generación y no sabría decir cuál será mi siguiente paso, ya veremos qué sale. No tengo pretensiones respecto de lo que venga.

–¿Qué sensaciones pasan por tu cabeza ahora que te reencontraste con Chile?

El año '97 viví en Chile y no me acostumbré. Nunca me sentí más extranjera en mi vida que acá. Me di cuenta de que cada vez que digo que soy de aquí, alguien calcula que eres hija de exiliado, te excluyen y ponen un muro entre tú y el mundo. Y eso fue muy difícil de aceptar. En el único país del mundo donde me han mandado callar cuando me pongo a conversar ha sido aquí. "No tienes derecho a opinar porque no vives aquí", me han dicho. Eso no me había ocurrido ni en Inglaterra. Hay un gran trauma en la sociedad chilena con el golpe de Estado. La gente no quiere hablar de eso.

Camila se ha dado cuenta de que, a pesar de llevar una vida con cierto desarraigo, eso le ha servido para tener y repartir amigos por todo el mundo. "Gracias a la película me ha tocado viajar por muchos festivales y en cada país que voy veo algún amigo o gente conocida que me acoge, y cuando pasan por París les devuelvo la mano. Son encuentros preciosos y me considero afortunada de eso. No es fácil, pero hay que intentar ver el lado positivo. Es duro, estamos separados, pero vamos".

A pesar de las dificultades, tuvo una infancia feliz en Cuba. Fue a la escuela Antonio Maceo junto a su única hermana, Andrea, que hoy está casada con el sonidista chileno Álvaro Silva. 'Recuerdo que yo tenía seis años, mi hermana tenía dos más y con todos mis vecinos íbamos al colegio solos, caminando. Y era medio indisciplinada y me escapaba durante el recreo; nos íbamos a buscar unas flores muy perfumadas chiquititas, bonitas, rosaditas. Recuerdo que la profesora se preocupaba por nosotros porque no nos debíamos escapar de la escuela, pero era una preocupación sin ansiedad, de que teníamos que estar ahí para aprender', dice.

–Pareciera que eres muy desprendida, ¿qué cosas valoras más?

Mi computadora, porque mi película estaba almacenada ahí, y mi bicicleta con la que me muevo por todas partes en París. No tengo absolutamente nada material y no me importa. Así es la vida y estoy acostumbrada. Mi padre es uno de mis maestros y él en su vida ha hecho exactamente lo que ha querido, y creo que hacer lo que a uno le gusta es un lujo. Entonces, si tengo la oportunidad de hacerlo, lo hago. Es cierto que soy desprendida, pero es una característica común a toda mi generación en Cuba. No estamos todos deseando tener la casa, el auto, el computador de última generación, ninguno de mis amigos está en ésa. Todos están realizándose profesionalmente.

Dice que en su departamento en París es chiquito, que no tiene más que una cama, un sillón y un televisor que sólo transmite los cinco canales de la televisión abierta. Y que cuando no trabaja vive del seguro de cesantía que le da el Estado: "En Francia, cuando acumulas ciertas semanas laborales, tienes derecho a cierto período de paro; entonces, cuando te quedas sin trabajo sobrevives con eso. Pero no es algo eterno, lo dan por unos meses. Aquí en Francia los salarios no son muy altos, pero son compensados con ayudas sociales que hay después. La medicina, por ejemplo, es gratis. No es como en Estados Unidos que te enfermas y te arruinas".

–Tienes 35 años y no tienes hijos, ¿te importa?

No estoy casada ni tengo hijos. Tengo un sobrino de cuatro años que es el bebé de la familia. De momento no me ha interesado tener guagua y sé perfectamente que el cuerpo resiste hasta cierto tiempo para engendrar, pero ahora tengo otras cosas que hacer que me interesan mucho más. Si fuera prioridad, ya lo hubiese hecho.