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LA QUERENCIA O LA HERENCIA DEL QUERER

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Anjelamaría Dávila (1944-2003) nos dejó como herencia, a nosotros sus lectores, su obra poética recogida en dos libros publicados en vida de la poeta: Homenaje al ombligo (1966, en colaboración con José María Lima) y Animal fiero y tierno (1977). Ahora, tras su prematura muerte, nos llega como herencia la poesía suya que estaba aun inédita y que se recoge en La querencia (San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006), un libro aparentemente caótico, lleno de riesgos y de poesía contenida en diversos medios – décimas, poemas en prosa, sonetos, verso libre, narraciones – pero siempre con un gran tema central, el amor, el querer o la querencia, como la poeta prefiere llamar ese centro vital que parece haber sido el motor de su vida y que lo es, definitivamente, de su poesía. Este magnífico y paradójico libro demuestra que, con de la forma que fuera, Dávila siempre fue capaz de producir poesía. A pesar de lo que algunos podrían llamar imperfecciones o, mejor, por lo que otros llamamos el gran riesgo de la poesía construida con una aparente falta de mecanismos estéticos, este libro viene a confirmar que los puertorriqueños tenemos la gran suerte de contar en nuestras letras con una poeta de gran valentía y mayores logros. Este libro viene a confirmar lo que ya sabíamos: Anjelamaría Dávila tiene un puesto seguro y prominente en el canon de las letras puertorriqueñas.

La querencia, como todo texto de buena poesía, pretende ser una confesión: la poeta parece revelar plenamente su interior, su más profundo ser. Pero, en verdad, los poemas, más que des-velar a esa persona lo que hacen es crearla. Se establece un juego entre la voz poética y los lectores: para éstos la poeta es sus poemas o queda contenida en ellos. Esa identificación resulta esencial para entender La querencia, pero a la vez hay que salirse de esa confianza entre la poeta y el lector para concebir plenamente el sentido de esta obra que engaña por su aparente sinceridad y por un supuesto desorden que bordea, si no en el caos, en lo antipoético.

Además de esa identificación entre poeta y poemas, lo que primero sorpende al lector que se enfrenta a este poemario es su volumen. Dávila publicó muy poco en vida pero sabemos que trabajaba constantemente en su obra. Iba puliendo sus textos y muchas veces ensayaba frente a un público o experimentaba con ellos, compartiéndolos con otros antes de ponerlos definitivamente en papel y publicarlos: “…la mayor parte de los poemas de Animal fiero y tierno se corrigieron en recitales…” (167), le confiesa a Julio Ortega en una entrevista recogida en Reapropiaciones: cultura y nueva escritura en Puerto Rico (1991). Estas palabras se pueden aplicar también a los poemas de La querencia, libro que en verdad es una suma de diversos libros. Por ello está dividido en secciones o “moradas”, como la poeta llama a esas subdivisiones de su poemario, nombre que, como veremos, sirve de clave para entender este libro y toda su obra. Éste recoge su producción a partir de 1977, lo escrito después de la publicación de su segundo poemario, texto que ya la establecía como poeta canónica en nuestras letras.

El volumen y la complejidad del poemario hacen que éste no se preste para una lectura rápida, para leerse de una sentada. Al contrario, es un libro para degustarse poco a poco, para leerse como una suma poética elaborada y compleja que es diversa pero que tiene una unidad o un centro, en su caso el amor o la querencia. En ese sentido, este libro, a pesar de sus inmensas diferencias estéticas e ideológicas, nos hace pensar en Cántico (1928/1950) de Jorge Guillén: es un texto compuesto de muchas piezas diversas pero con una fuerte unidad; es un libro que creció y creció pero que mantuvo su centro, pues está construido a partir y como encarnación de una visión poética fuerte y coherente. Guillén le da el subtítulo de Fe de vida a su obra maestra. Ese mismo subtítulo podría dársele a este libro de Dávila porque su fe o confianza en lo erótico, el amor, la querencia la lleva a postular en este poemario una certeza en que la vida vale la pena vivirla. La querencia es un gran cántico, en dimensiones y en profundidad, al amor que, para la poeta, da sentido a la vida.

Su volumen – las dimensiones del libro – es producto, entre otras causas, del empleo de la oralidad como método de trabajo. Ésta es central a toda la obra de Dávila. Por ello muchos de los poemas tienen voz poética que le habla con vehemencia en ocasiones a un personaje y, a través de éste, a nosotros, sus lectores. Pero la mayor parte de las veces la voz poética le habla directamente a los lectores, creando al así hacerlo una inmediatez que marca toda su obra. Por ello mismo es que la poesía de Dávila crea una sensación de sinceridad absoluta; por ello el lector identifica a la poeta con su voz poética y se deja llevar de su mano por ese mundo de la querencia.

Pero la oralidad tiene otros efectos en esta obra. Por ejemplo, dada la adopción de esta voz poética fundada en la oralidad, muchos de los textos incluidos están salpicados de modismos y expresiones del habla popular, particularmente del habla soez o vulgar que para muchos es antipoética pero que, para Dávila, forma parte de sus herramientas retóricas que emplea para alcanzar lo poético, para llegar a la poesía:

no me saluden, déjenme así: apestada
espinada con la rosa, hincada
en esta piel de lama hedionda.
no me hablen, no me miren; por lo menos no grito.
déjenme sola, coño
déjenme con mis pestes
DÉJENME QUE ME JODA
– que esto pasa –

(“Déjenme sola”, p. 142)

Aquí la oralidad hace que nos parezca oír a la poeta misma. Así ocurre porque, como decíamos, la buena poesía es una aparente confesión que revela o des-vela a la poeta para quitarle una máscara y para que así descubramos su cara más profunda, lo que comúnmente llamamos alma. Pero, en verdad, lo que la voz poética hace es ir construyendo la imagen o el personaje que llamamos la poeta: es por el poema que llegamos a ella; es la voz en el poema la que construye esa imagen que aceptamos como su verdadera identidad. Por ello es tan importante prestar atención a la oralidad en estos textos. Ésta nos ayuda a entender y apreciar cómo funciona la voz poética, voz que maneja y controla las percepciones del lector. Es que la poeta parte de la oralidad para crear su poesía y para definir su persona, como ser individual y como ente social: “Lo que ocurre en mi caso es que yo parto de esa oralidad por una formación de clase” (167), aclara Dávila en esa misma entrevista ya citada.

Esa oralidad le lleva a construir su obra a través de formas que en nuestra cultura se asocian con expresiones populares, pero que en otras se consideran cultas. La décima y el bolero, por ejemplo, son, en el caso de Dávila, medios para plasmar esa oralidad de raíces populares. Pero en ella no hay una mera imitación de formas folclóricas: “ …yo no tengo ninguna nostalgia tonta de que las cosas tienen que ser exactamente igual que fueron…” (172), aclara en la susodicha entrevista para establecer firmemente que su vuelta a la oralidad y a las manifestaciones populares y folclóricas no representan un apego a formas del pasado y que su poesía, aunque parte de lo popular en sus manifestaciones orales, está constituida por elaboraciones personales que retratan a una poeta con voz muy propia.

Por ello, el empleo de la décima en La querencia es muchas veces contestatario, no celebratorio: Dávila escribe décimas para reescribir textos de la tradición popular o de autores consagrados – sobre todo Corretjer – desde una perspectiva feminista, no para exaltar un folclore del pasado.

Un aparente desorden, producto de una expresión supuestamente caótica, es otro rasgo que el lector percibe a primera instancia al enfrentarse a La querencia. La combinación de textos en versos y en prosa; la anteposición de formas métricas canónicas, como la décima y el soneto, ante el verso libre; el empleo de una lengua popular y hasta vulgar junto con el empleo de un lenguaje culto o, al menos, estándar; la yuxtaposición de un franco erotismo que parece obsesivo y una clara finalidad social o política; la combinación de lo lírico y lo narrativo: todos esos rasgos aparentemente antagónicos dan la impresión de que leemos textos amalgamados en forma de poemario a pesar de un desorden casi colindante con el caos. Pero ésa es una falsa impresión pues el libro está estructurado con un firme y preciso plan. Ivette López Jiménez, a quien le tenemos que estar muy agradecidos todos los que apreciamos la poesía de Dávila por la cuidada edición de este libro, estudia y deconstruye con rigor ejemplar y con irreprochable atención al detalle la estructura del poemario en un ensayo que cierra el libro.

Valiéndose de diversos trabajos eruditos, especialmente de los que Luce López Baralt ha dedicado a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús, los grandes místicos españoles, López Jiménez nos revela cómo el libro está estructurado a partir de esa poesía de tan difícil acceso y tan distante de la aparente vena popular y la corriente soez que subyacen todo el poemario de Dávila. Entre muchos otros detalles que le sirven para establecer una estrecha relación entre nuestra poeta y la santa española, López Jiménez nos aclara cómo la estructuración o división del poemario en libros o “moradas” es una referencia directa a Santa Teresa, específicamente a su gran texto místico, Castillo interior o las moradas (1588). Refiero al lector a dicho estudio de López Jiménez que aparece al final de la edición de La querencia (pp. 183-198) si desea ver con mayores detalles esta conexión entre la poeta boricua y los místicos españoles.

El trabajo de López Jiménez es impecable, pero añado a sus enjundiosos argumentos otra prueba de cómo Dávila se apoya para crear su libro y su poesía en los santos místicos españoles, tan aparentemente distantes de esta mujer que se llama a sí misma, entre otras cosas, “orgullosa, parejera, paticaliente, pechúa, pobre, presentá, puta” (“Epítetos ¿injuriantes?” 161).

La prueba que ofrezco es una hermosa transformación, una apropiación muy particular que demuestra la particular manera que Dávila tiene de apropiarse de los místicos, especialmente de Santa Teresa, y manifiesta cómo elabora su propia obra. Nuestra poeta convierte la poesía de la Santa y de San Juan en vehículos para expresar el amor, lo erótico, lo sexual, en fin, para plasmar la querencia. Por supuesto, los místicos españoles, que tienen sus raíces en el misticismo semita, como tan fina y firmemente ha probado López Baralt, también concretan muchas veces su obra en imágenes sexuales. Por ejemplo, con gran facilidad se pueden leer los poemas de San Juan de la Cruz como textos de amor gay. Para algunos ésta sería una lectura sacrílega; pero para mí es lo que llamo sencillamente una lectura “perversa”. (Aclaro, que desde mi perspectiva crítica, ésta no es una categoría negativa y que este tipo de lectura puede ser válida y fructífera.) Dávila hace algo parecido. Por ejemplo, una de las secciones de La querencia abre con dos epígrafes: uno de Pedro Pietri y el segundo, de una poeta desconocida llamada “Tere Dávila”. Cuando leí por vez primera esa página del poemario reconocí de inmediato el nombre del gran poeta neorrican, pero me pregunté quién sería esa otra poeta con nombre tan puertorriqueño, tan popular, que podría haber nacido en Carolina o Aguada o Juan a Díaz. Ese nombre reducido a un apodo y acompañado con el mismo apellido que la poeta, denotaba desde esa primera lectura cercanía, afecto, cariño, hasta quizás relación sanguínea. Al leer el texto atribuido a esa “Tere Dávila” resolví el enigma y me di cuenta de la maravillosa capacidad de apropiación y sincretismo de nuestra poeta. El texto atribuido a esa poeta desconocida dice: “también entre los cacharros de cocina se encuentra el amor”. En esa supuesta cita Dávila tergiversa a propósito una famosa frase de Santa Teresa: “que si en la cocina, entre pucheros anda el Señor…”. Al violentar la cita y atribuirla a esa fuente desconocida, Santa Teresa de Ávila queda transformada en esta página de La querencia en “Tere Dávila”; se convierte en una hermana, prima o, al menos, pariente de Anjelamaría Dávila.

La famosa frase de fervor místico que aparece en Libro de las fundaciones (1573-82) y que fue escrita para el fortalecimiento espiritual de las monjas por la madre reformadora de las carmelitas se transforma bajo la óptica “perversa” de Dávila en una expresión de su propia estética. Nuestra poeta tiene como centro de su vida el amor, la querencia, de la misma manera que la Santa tenía como centro de la suya a Dios, al Señor, a quien, según les dice a sus monjas, también se puede hallar en la cocina, entre pucheros, entre cacharros y pilones. Nuestra Dávila, quien no se consideraba a sí misma santa, sino, al contrario, “jíbara, jodona / loca / malablá, maldita..” (“Epítetos ¿injuriantes?” 160), intencionalmente tergiversa el texto teresiano y, al alterarlo, hace una “lectura perversa” por medio de la cual se apropia de la obra y hasta de la persona de la Santa.
¿Sacrilegio? ¿Maldad? ¿Locura? Definitivamente el procedimiento de tergiversación voluntaria, de lectura “perversa”, no es ninguna de esas alternativas, pues en esa transformación hallamos poesía y evidenciamos cómo la poeta establece una concordancia entre mundos opuestos, concordancia necesaria para sobrevivir y establecer vínculos entre su poesía vulgar y soez y una poesía canonizada, en más de un sentido.

El procedimiento poético empleado por Dávila es válido y se evidencia en muchas formas de sobrevivencia cultural. Aquí veo paralelismos entre esta asimilación y otras apropiaciones sincréticas en nuestra cultura. Es de esta misma forma que se producía poesía en la apropiación, la transculturalización y el sincretismo empleados por nuestros antepasados africanos quienes tuvieron que apropiarse de elementos de la cultura dominante para poder salvar la suya, aunque alterada y transformada. Por ello una máscara de vejigante boricua, por ejemplo, esconde una historia trágica y también puede revelar poesía. De la misma forma Anjelamaría Dávila al apropiarse y transformar a la sacrosanta y venerable mística española y sus palabras crea poesía, poesía muy propia y que responde a su propia estética. De esa forma llega a sustentar su poética y su visión del mundo. Por supuesto, ésta no es la única manera que la poeta tiene para obtener tales metas. Pero cuando Dávila convierte a Santa Teresa en “Tere Dávila” crea poesía y sustenta su estética porque logra apropiarse de una persona y una obra poética ya establecida y aceptada que poco o nada tienen que ver son su propia obra: lo aparentemente distinto y distante sirve para sustentar su obra. La Santa, mujer fuerte y decidida, mujer que rompía con las normas de su sociedad pero que trataba de alcanzar una meta que esa misma sociedad consideraba espiritual, tenía que ser un personaje atractivo para Dávila quien, en sus poemas destaca la presencia de mujeres que rompen con la norma sociales establecidas, como ella misma, como Julia de Burgos, como Sylvia Rexach y como las que llama sus “comadres”. Este tipo de revaloración de la mujer que rompe con las normas es típico del feminino y se da en la poesía de Dávila con frecuencia. En gran medida, su poesía se nutre y se forma a partir de esa creación de un nuevo canon feminista.

Pero esta particular apropiación de Santa Teresa y su obra es muy particular y le da a la poesía de Dávila un elemento espiritual que, a primera instancia, su propia obra no parece tener y hasta parece negar. Es que al apropiarse de la Santa, al transformarla, también transforma y se apropia de su Dios o Señor. Si el “Señor” en el texto de Santa Teresa es el centro de su obra, en la poesía de Dávila lo es el amor o la querencia. Es ésta la que motiva y sustenta toda su obra. Lo que puede parecer sacrílego resulta ser, en el fondo, una alabanza, una loa y hasta una afirmación de las ideas religiosas de la Santa porque esa transformación – del Señor al amor – establece que el Señor es la querencia, en otras palabras, que Dios es Amor. Nuestra poeta transforma las palabras de la mística española y, al hacerlo, expresa la misma idea que San Juan en su evangelio (1 Juan 4, 8). Curiosamente, nuestra poeta – nacionalista, socialista, y aparentemente atea – coincide con la gran mística católica del siglo XVI sin convertirse por ello en creyente. A través de la poesía Dávila se siente capaz y justificada de aceptar toda poesía. Por eso puede tergiversar y transformar a Santa Teresa de Ávila, pero en el proceso también queda ella transformada y enriquecida poéticamente. Aquí sólo apunto un hecho interesante en la obra de nuestra poeta; habrá que estudiar con mayor detalle ese elemento trascendente en su poesía.

Este ejemplo de la “lectura perversa” que hace Dávila, ejemplo pequeño, concreto y hasta cómico, sirve para ver cómo concibe y crea su poesía. Otros casos paralelos se hallan en el libro pero basados en la poesía de Palés Matos, San Juan de la Cruz, César Vallejo, Julia de Burgos, Joserramón Meléndes, García Lorca y Juan Antonio Corretjer, entre otros. Pero el ejemplo que ofrezco podría añadirse a los eruditos y acertados argumentos que Ivette López Jiménez desarrolla en el imprescindible estudio que acompaña al poemario, estudio que nos hacer ver muy claramente que la estructura de La querencia nada tiene de voluntarioso ni, menos aún, de caótico. Éste es un poemario de un rigor y una factura ejemplares. Es un poemario que por su desorden aparente y por su combinación de lo personal y lo político, nos hace pensar en la poesía de Francisco Matos Paoli, otro poeta nuestro que sintió gran afinidad y atracción por el misticismo, católico y espiritista, sin negar su deber social ni su compromiso político. Por ello mismo fue éste un poeta a quien Dávila admiraba y seguía como modelo poético.

Muchos elementos más de este libro se podrían comentar para desentrañar y poner en relieve la alta calidad del texto. (¿Qué otra poeta ha creado un cuerpo sustancial de poemas inspirado en la menstruación? Éste es un hecho que habrá que considerar y estudiar con detenimiento.) Aquí sólo quiero apuntar la aparición de esta cantera poética y ética que exigirá una lectura detenida y enjundiosa, hasta “perversa”, aunque siempre placentera. Y es que, como dice Dávila en la entrevista con Ortega, ella decidió apostar a la poesía, pero a una poesía que le diera esperanza y satisfacción a sus lectores:

Opté por el optimismo. (…) Yo no podía publicar unos textos
absolutamente depresivos porque entiendo que publicar es un mensaje
que va más allá del propio contenido. (…) …creo en el poder de
la palabra, porque si no creyera no escribiera. (173)

La querencia demuestra, entre otras cosas, que Dávila fue una gran poeta, que su poesía tuvo como centro el amor – eso que ella llama la querencia – y que tuvo siempre presente a sus lectores porque compartió con nosotros su obra. Estamos ante una poeta central en nuestras letras, una poeta que combina magistralmente lo arrancado directamente de la vida con lo tomado de los libros, su experiencia personalísima con sus lecturas. Dávila es una escritora cuya obra requerirá una lectura detenida y constante. Espero poder continuar leyéndola y desentrañándola; espero que otros lectores también lo hagan porque la querencia es un ente paradójico que, entre más se parte y se comparte, más rinde y más crece. Eso lo sabía perfectamente bien Anjelamaría Dávila. Por ello nos dejó esta hermosa herencia.