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NUEVA VIDA PARA DOÑA FLOR Y SUS AMORES

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Oh, que será, que será. Na na na na na naaaaa, que será, que será. Na na na na na naaaaaa, que será, que será....
A partir del estreno de la película Doña flor y sus dos maridos , todos, a fines de la década del setenta y principio de los ochenta, cantábamos/balbuceábamos/murmurábamos o silbábamos la canción de Chico Buarque basada en los textos de Jorge Amado. Es más, en las habitaciones de otros tantos mortales, se pusieron pósteres de Sonia Braga, la despampanante garota que hizo de doña Flor en la película, estrenada en 1976.
En el libro, el mismo Amado presentaba la trama de este modo: "Esotérica y conmovedora aventura vivida por doña Flor, profesora de arte culinario, y sus dos maridos: uno, el primero, apodado Vadinho, y otro, el segundo, el farmacéutico Dr. Teodoro Maureira. La extraordinaria batalla librada entre el espíritu y la materia". Expliquemos un poco: muerto Vadinho, el primer marido de doña Flor, durante un domingo de carnaval, ella se vuelve a casar. Todo bien con Teodoro, un caballero, pero se aburre un poco. Entonces, sencillamente, en los "momentos cruciales" evoca a Vadinho para ponerle un poco de sal a la cosa.
El fervor que despertó la película fue tal que, en aquellos tiempos, si uno iba a Bahía, sí o sí había que visitar la casa en la que se había filmado la película. Por otra parte, para muchas abnegadas y sufridas amas de casa, la sensación de estar tirada en la cama rodeada por su marido y su amante era como lograr el equilibrio perfecto.
En el verano de 1983, se estrenó en Buenos Aires una versión teatral protagonizada por Ana María Cores, como doña Flor; Adrián Ghío, como el sujeto de sus fantasías, y Villanueva Cose, como el medido farmacéutico. Aquel montaje, dirigido por José María Paolantonio, se convirtió en un signo de la época, en una especie de soplido de aire fresco en medio de la decadencia de una de las etapas más oscuras del país. Y si bien esa Bahía que transpiraba sensualidad nada tenía que ver con la Buenos Aires de aquel momento, la obra prendió. "La mayoría de las mujeres hemos sido educadas y sentimos como doña Flor. Por un lado, aspiramos a la tranquilidad y por otro deseamos caer en un torbellino de pasiones", decía Ana María Cores a LA NACION en febrero de ese año.
A su estreno, la crítica dijo de todo, desde "deslumbrante versión teatral" hasta "una explosión de alegría de vivir y gran destape" pasando por "grosera sin ser erótica". La foto del desaparecido Adrián Ghío (un grande) en la que se paseaba por la platea desnudo tapándose "sus partes" con un sombrero, apareció por todos lados. Y aunque artísticamente había muchos elementos dando vueltas, todos hablaban del sombrero.
Exito y censura
¿Dónde está el bendito sombrero? "Está en la Policía Federal", contesta José María Paolantonio, el director de aquel montaje que tendrá su vuelta de tuerca a partir del jueves, en el teatro Mar del Plata, con Mónica Ayos, Miguel Habud y Claudio García Satur en los papeles principales.
Expliquemos un poco. La obra se estrenó en enero del 83, durante la dictadura. En esos tiempos, las cosas no estaban como para que un actor apareciera casi desnudo o que una ama de casa desesperada encontrara su equilibrio interno compartiendo la cama con sus dos maridos. Entonces, el aparato represor hizo el resto. Primero se suspendieron algunas funciones porque había matafuegos en la sala que, dijeron, estaban vencidos. Luego, nueva suspensión: alguien pegó el grito en el cielo porque había velas en el escenario.
Durante la quinta semana en cartel, tal y como canta la Bersuit, se vino el estallido. La edición de LA NACION del 15 de mayo de 1983 decía que Paolantonio, Ana María Cores, Adrián Ghío y el cuerpo de baile habían sido procesados por infracción al artículo 123 del Código Penal "que reprime con prisión de dos meses a dos años al que diera espectáculos obscenos".
Por ese motivo, se ordenó el allanamiento del teatro Metropolitan "a la vez que el juez ordenó el secuestro de distintos elementos utilizados en escena, entre ellos, un sombrero, una camisa y otros considerados como medios para la representación obscena", según rezaba la crónica. El allanamiento estuvo a cargo de un comisario de la división Moralidad de la Policía Federal. Así, la temporada llegaba a su fin y el mito comenzaba a crecer. Como telón de fondo, Sonia Braga volvía al cine con otro texto de Amado ( Gabriela, clavo y canela ).
Y como acá no se podía hacerla, Paolantonio se fue con ese mismo montaje a presentarlo en Chile y en Brasil (hasta montó la obra en la mismísima ciudad de Bahía). Con la llegada de la democracia, en diciembre de 1983, la producción consigue que en La Plata se levante la prohibición. Allí la vio el mismísimo Jorge Amado, quien se dirigió al director de la puesta con estas palabras: "Lo más importante de lo que yo he pensado en mi doña Flor está en la suya, y eso -al verla en el escenario- me ha llenado de una cálida alegría y de gran reconocimiento intelectual".
Entusiasmado con la puesta, Jorge Amado en persona le avisó al ex presidente Raúl Alfonsín que, en plena democracia, Doña Flor y sus dos maridos estaba prohibida. Dicen que Alfonsín puso el grito en el cielo. Entonces, se levantó la medida y así fue como la obra pudo reponerse, con modificaciones en el elenco, un año después en Buenos Aires. Esa temporada se realizó en el teatro Odeón, que, cosas de la vida, luego fue demolido. Después, el espectáculo salió de gira por el interior del país.
Bahía-Mardel, non stop
Y como no hay dos sin tres (y tres sin cuatro, claro está), Dona Flor y sus dos maridos vuelve del mismo modo que retornan tantos títulos significativos. Y lo hace con el mismo equipo técnico de aquel montaje de hace más de 20 años, con un elenco de 25 actores y bailarines, con la fantasía de hacer bailar a la platea y con las ganas de trasladar al espíritu de Bahía a Mar del Plata.
"Aunque pasó el tiempo, todos los que han visto los ensayos se encontraron con un lenguaje muy contemporáneo por más que la trama transcurra en 1946, en el corazón de Bahía -apunta Paolantonio-. Por otra parte, me han dicho que hay tanto turismo brasileño en Mar del Plata que seguro que nos va a ir bien." Más allá de las comparaciones y el paso del tiempo, cuando surgió la posibilidad de remontar aquella puesta, Paolantonio no dudó.
Para el director, se trata de su cuarta puesta de Doña Flor . En todos los casos, el trabajo de Adrián Ghío se convirtió en un irremediable referente. "Gente de Brasil que en su momento vio la puesta nuestra dijo que no había un Vadinho así en Brasil. Claro que ahora no le puedo plantear a Miguel que haga el Vadinho de Adrián. Tiene que hacer el Vadinho que tiene Miguel adentro", acota.
Miguel Habud lo mira. De algún modo, sabe que todo esto es un desafío. Sobre la puesta, dice: "La gente va a ver un pedazo de Bahía en el escenario, se va a encontrar con un fresco de esa ciudad. Y para que la cosa esté completa, habrá canciones, capoeira, vestidos de color..." En relación con su personaje, acota: "Vadinho es un caradura. Pensá que termina bajando a la platea y bailando con el público una gran batucada". Esa escena, justamente, es la del sombrerito. "La prensa está más preocupada por el tipo de sombrero que me voy a poner que por otra cosa", dice Miguel y despliega una cantidad de bromas al respecto.
Frente a él, está Mónica Ayos, la doña Flor versión 2006 que sigue la línea histórica de Sonia Braga, Ana María Cores, Peggy Sol y Mirta Busnelli, entre otras. "Una vez le pedí a Paolantonio ver los musicales de Rubén Cuello desde la segunda fila y me encontré con un espectáculo bellísimo, que puede contar en una hora y media el libraco que había leído fascinada de chica", comenta.
Justamente, de joven, Mónica sentía una gran atracción por doña Flor. "Ahora creo que muchas mujeres se van a identificar con esta doña Flor, que, al no encontrar lo que busca en su marido, evoca al otro con total libertad", apunta. Cuando se enteró del proyecto, pensó que la obra significaba todo lo que quería para el momento actual de su carrera. "No dejaba de mostrar mi físico, lo que la gente compró de mí, pero también expresa mis ganas de convertirme en una buena actriz. Este espectáculo me permite ampliar mi paleta de colores", asegura.
Jorge Amado cierra su novela de este modo: "Todo esto sucedió realmente, créalo quien quisiere. Pasó en Bahía, donde éstas y otras cosas mágicas suceden sin que nadie se asombre". Claro que la historia reciente de nuestro país agregó otra increíble (y desopilante e indignante) historia de censura y arbitrariedad. Y todo por una doña que fantaseaba estar en su cama con sus dos maridos.
Bendito sombrero
El famoso sombrero que se ponía Adrián Ghío en la primera versión de la obra fue requisado en marzo de 1983. Era una de las pruebas del delito para demostrar que el espectáculo era obsceno. Según Paolantonio -director de aquel montaje y del que está por estrenarse en Mar del Plata- sigue en manos de la Policía Federal, que se encargó del operativo en su momento.
Si uno se toma el trabajo de dar con el bendito sombrero, el camino depara algunos tramos desopilantes. En la casa de la esposa de Ghío no está (así lo afirma su hija Florencia). En la Policía Federal, después de varios llamados a la oficina de prensa, una agente, desconcertada y ante la falta de respuestas concretas, propone seguir el recorrido por la división de Arte Creativo.
-¿De qué se encargan ellos?
-Bueno, de cosas de teatro, de cine...
-Pero yo le consulto por un procedimiento policial...
-Pero usted me dijo que fue en un teatro.
-¿Qué tiene que ver?
-Ahhh, ¿entonces fue de verdad?