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UNA MUSA EN LA COCINA

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No hace mucho, haber mencionado la cocina, el corazón del mundo doméstico, al lado del nombre de la mujer que ha sido llamada “la primera feminista de América”, hubiera sido considerado una herejía, una blasfemia y, probablemente, un insulto a la memoria de la poeta mexicana sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695).

El motivo del rechazo a la noción de que sor Juana no solo supiera manejar la pluma con maestría sino también las cucharas, es que, con una visión dicotómica, se había venido separando la literatura –considerada parte del mundo “de fuera”, un ámbito intelectual dominado durante siglos por los varones–, de la cocina, centro del recinto doméstico donde –se decía– solo podían existir saberes de poca monta, reservados a las mujeres.

En los últimos años, la relación de sor Juana con la cocina ha pasado a ser objeto de un análisis más matizado a partir de la edición del libro de recetas del Convento de San Jerónimo.

Ese libro contiene la guía para elaborar treinta y seis platillos, entre ellos bienmesabes, antes, buñuelos, manchamanteles y otros productos del mestizaje en la mesa. La selección y la transcripción se atribuyen directamente a sor Juana Inés.

Coincide la recuperación de ese documento conventual con la revisión del vínculo “mujer y cocina” que han hecho varias autoras feministas. De un rechazo absoluto, por considerarlo un punto de irrecuperable dominación patriarcal, se ha pasado a ver “el papel de la mujer en la alimentación como un elemento cultural universal, un componente fundamental de la identidad femenina y una fuente importante de conexiones e influencia de las mujeres sobre los otros”, como ha señalado la antropóloga feminista Carole M. Counihan.

Alimento-símbolo. Es casi un lugar común decir ahora, después de Roland Barthes, que el alimento está lleno de significados y que es un símbolo de gran riqueza en las expresiones oral y escrita.

Con respecto a sor Juana, sin embargo, debió aparecer el recetario para que de pronto se hiciera notar cómo, en la respuesta a la carta de sor Filotea (seudónimo del obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz), ella hábilmente se situaba en el espacio culinario, no para expresar banalidades, sino, entre otras cosas, para polemizar sobre la interpretación de una sentencia de san Pablo que dice: “Callen las mujeres en las iglesias pues no les es permitido hablar”.

Posiblemente desde la cocina de su celda –un espacio íntimo y personal–, sor Juana dejó constancia, en la misiva, de lo que aprendió del mundo en el que le correspondía vivir cuando le prohibieron estudiar durante tres meses, pues, “aunque no estudiaba en libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crío, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal”.

Por esa intuición extraordinaria sobre el placer del aprendizaje significativo, al cocinar no se limitaba a la ejecución repetida de instrucciones más o menos exactas, sino que trataba de descubrir la física y la química detrás de la transformación de los alimentos; y lo usaba como escuela poética, incorporando a su obra sus experiencias culinarias y domésticas, aromatizándola con menciones a yerbas, a guisos, a tentadores chocolates y caramelos.

Centro de saberes. La cocina fusiona la teoría y la práctica. Es un laboratorio en el que el conocimiento está literalmente en la punta de los dedos. Ella lo formuló con palabras exactas en ese mismo texto: “Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que, para que el azúcar se conserve fluida, basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa”. Con ironía añade: “Pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina?”.

Se ha dicho que no hay mayor señal de impotencia que el hambre, por lo que, como señala David Arnold, el alimento es y seguirá siendo poder en la forma más básica, tangible e inescapable.

Varias autoras afirman que para numerosas mujeres sin acceso a formas de expresión personal como la pintura o la literatura, cocinar no ha sido una simple herramienta opresiva de confinamiento en la cocina, sino un medio de obtener poder personal y reconocimiento en el hogar y en la comunidad.

Aunque es claro que la identidad femenina tiene otros importantes componentes, el poder de las mujeres con frecuencia deriva de su relación con la comida. Es un poder que nace del dar, de las obligaciones que se crean al dar y de la influencia que se gana por el acto de dar. Para Counihan, “es el poder de las mujeres que alimentan, que satisfacen el hambre, que son visceralmente necesitadas y que influyen en otros a través de la manipulación del lenguaje simbólico de los alimentos”.

Como sugiere Elia J. Armacanqui-Tipacti, sor Juana Inés gustaba de utilizar ese poder del dar, invirtiendo la desventaja en la que la colocaba su situación económica, al reciprocar, con productos de la cocina, las deferencias de sus madrinas y padrinos de la nobleza.

Emblemático en este sentido es el dulce de nueces cuya receta aparece en el libro, que obsequiaba a su amiga y protectora María Luisa Manrique, marquesa de Laguna y condesa de Paredes.

La lección. Lo que sor Juana llamó “filosofías de cocina” es usado hoy por diversos grupos de mujeres para llevar adelante una agenda de equidad de género y de defensa de las identidades.

Por ejemplo, en los Estados Unidos, feministas chicanas utilizan la confección de tortillas y tamales como formas de resistencia frente la cultura dominante, vehículo a través del cual reafirman su identidad cultural.

Ellas han comprendido que la experiencia de hacer tamales –la preparación, el ritual, los aromas y la asociación con diversas festividades– promueve un espíritu de unidad y de comunidad que enriquece también la autoestima y la dignidad personal; que es una forma de expresión cultural y de identidad.

Según Patricia M. Gant, si las mujeres usan los patrones domésticos que las han relegado y los reinscriben como métodos de su propio poder, realizarían una oposición práctica. Por eso no se trata simplemente de rechazar la cocina como reducto de opresión, ni de oponer su ejercicio al de la literatura, sino de darle otro contenido semántico.

Sin embargo, eso no es demasiado posmoderno; ya lo hizo sor Juana cuando escribió al obispo, con irónica habilidad de espadachina verbal: “Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.