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AMÉRICA LATINA EN “VIAJANDO CON ZP” DE JAVIER VALENZUELA

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Javier Valenzuela, ha sido corresponsal de El País en Beirut, Rabat, París y Washington, así como director general de Información Internacional durante los dos primeros años de la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. (Visite su página web: http://www.javiervalenzuela.es)

1/ Victor Jara, en La Moneda

Augusto Pinochet murió un 10 de diciembre, el de 2006, el día en que se conmemora la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fue enterrado sin honores de Estado, aunque sí con los correspondientes
a un ex jefe de las Fuerzas Armadas chilenas. La presidenta Michelle Bachelet no acudió a las exequias, pero sí lo hizo su ministra de Defensa. Un nieto del dictador realizó durante la ceremonia un elogio imprevisto del golpe de Estado pinochetista de 1973, lo que le valió la expulsión fulminante de las Fuerzas Armadas; un nieto del general Carlos Prats, una víctima mortal del terrorismo de Pinochet, escupió en el féretro. En las calles de Santiago de Chile algunas personas celebraron la muerte del dictador; otras lo lloraron. Todo fue agridulce.

Pinochet había fallecido sin haber rendido cuentas de sus crímenes ante la justicia, aunque sí acosado por ella -por la chilena y por la internacional- desde que en 1998 un puñado de juristas españoles -el abogado Joan Garcés, el fiscal Carlos Castresana y el juez Baltasar Garzón- provecharan una estancia suya en Londres para procesarle por crímenes contra la humanidad. A tres gobernantes -el británico Tony Blair, el español José María Aznar y el entonces presidente democristiano chileno Eduardo Frei- se le pusieron los cabellos como escarpias y los tres hicieron todo lo posible para que el dictador escapara al trance.Tras muchas trapacerías, Pinochet pudo huir de la ratonera de Londres invocando senectud, pero de ahí a su muerte ya siempre anduvo con abogados a su vera.

Era mucho más de lo ocurrido en España, donde Franco murió en el ejercicio del poder y sin que nadie le chistara, y donde, más de treinta años después de su desaparición, el retirar una estatua del Caudillo del paseo de la Castellana provocaba las iras de la derecha y la ultraderecha. Por no hablar de las críticas furibundas que suscitaba el deseo del Gobierno socialista de rehabilitar la memoria de las víctimas de su dictadura.

En aquellos días protagonizados informativamente por la muerte de Pinochet, recordé la visita que Zapatero hizo a Santiago de Chile en enero de 2005, y en concreto, la cena de gala que el miércoles 26 su correligionario Ricardo Lagos, entonces presidente de la República de Chile, le ofreció en el patio de Los Naranjos del palacio de La Moneda.

El palacio presidencial chileno debe su nombre a que fue construido en el último período de la colonización española, entre 1780 y 1812, como fábrica para acuñar monedas. Ahora bien, lo que lo hizo mundialmente famoso fue el infausto golpe de Estado de 1973. Los rebeldes, dirigidos por el general Pinochet, cercaron allí al presidente democráticamente elegido, el socialista Salvador Allende, y no dudaron en bombardear con cañones y aviones el histórico edificio para acabar con su vida, su gobierno y la democracia chilena.

Así que visitar La Moneda de la mano del socialista Lagos treinta años después de aquellos luctuosos acontecimientos producía una intensa emoción en Zapatero y sus acompañantes españoles. Lagos, que había devuelto al palacio su color original de blanco invierno, restablecido el tránsito peatonal por su interior y reabierto la puerta de la calle Morandé, condujo a sus huéspedes hasta unas anchas escaleras interiores y allí, en un rellano, les mostró la lápida que recordaba la muerte de Allende. Nadie dijo una palabra, todos guardamos un hondo y conmovido silencio. En mi mente escuché el último mensaje de Allende, el que difundió Radio Magallanes: «Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor».

Así había sido: la República de Chile había superado el momento gris y amargo de la traición.Volvía a ser una democracia, liderada por un socialista sabio y templado, y su estabilidad institucional y salud económica eran la envidia del continente. Lagos también había saneado y renovado el gran patio de Los Naranjos, que fue donde ofreció la cena de gala a ZP. La temperatura era muy agradable -estábamos en pleno verano austral- y la presidencia chilena había preparado un extenso y variado espectáculo musical para acompañar un excelente menú -mousse de picorocos con camarones y salsa de palta, de primero; filete de turbot dorado al oliva, aceite de cilantro, puré de zapallo camote y brotes salteados, de segundo; bocado de manjar blanco con helado de lúcuma y salsa de arroz con leche, de postre- regado por los buenos vinos del país -Sauvignon Blanc Santa Isabel Estate Cosecha 2003 y Merlot Montes Alpha Gran Reserva Cosecha 2002-. Y allí estábamos todos, repartidos en mesas al aire libre y atacando el postre, cuando sobre un gran telón instalado en uno de los muros se proyectó un video en blanco y negro. Un escalofrío recorrió el patio: era Víctor Jara y estaba cantando «Te recuerdo Amanda».

Nadie movió un músculo mientras sonaban las palabras de Víctor Jara:

Te recuerdo Amanda,
la calle mojada,
corriendo a la fábrica
donde trabajaba Manuel.
La sonrisa ancha, la lluvia en el pelo,
no importaba nada, ibas a encontrarte con él,
con él, con él, con él, con él.
Son cinco minutos.
La vida es eterna en cinco minutos.
Suena la sirena de vuelta al trabajo,
y tú caminando, lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.

La vida es fantástica porque es imprevisible, porque nada está escrito, ni lo peor ni lo mejor, porque puede regalarte, sin que hayas podido ni imaginarlo, unos minutos mágicos como los de aquella noche chilena en la que la sonrisa ancha de Amanda iluminó La Moneda.

Cuando la pantalla volvió a oscurecerse, hubo unos instantes de silencio sepulcral en el patio de Los Naranjos y luego de todas las mesas brotó una ovación incontenible, una ovación de mucho dolor y mucha felicidad que no quería detenerse, que aspiraba a prolongarse hasta la extenuación. Miré a mis compañeros chilenos de mesa: tenían los ojos humedecidos; yo también los tenía. Una señora me dijo: «Lo que ha hecho esta noche el presidente Lagos es muy importante para la democracia chilena: Victor Jara seguía siendo tabú en La Moneda».

Hijo de campesinos, militante comunista y cantautor de prestigio internacional, el chileno Victor Jara fue torturado implacablemente y luego acribillado hasta la muerte en los primeros días del golpe de Estado de Pinochet. Chile fue la última escala de la gira por tres países suramericanos -los otros fueron Brasil y Argentina- que Zapatero efectuó en enero de 2005. De todos los dirigentes latinoamericanos del momento, Ricardo Lagos era aquél con el que ZP tenía mayor afinidad política e ideológica. El chileno era un hombre de visión estratégica, principios progresistas y lúcido pragmatismo. Había sido elegido presidente en 1999 -el primer socialista en La Moneda desde Allende- y aspiraba a que le sucediera su correligionaria Michelle Bachelet. En una América Latina que giraba hacia la izquierda, en ocasiones con discutidos y discutibles ribetes populistas, los socialistas chilenos eran lo más parecido a los socialdemócratas europeos en el continente americano.

Hija de un general chileno que fue detenido y torturado por no secundar la traición pinochetista, detenida y torturada ella misma como opositora a la dictadura del general de las gafas y el alma oscuras, médica de profesión, Bachelet asumió las carteras de Salud y Defensa en los gobiernos de Lagos y, tras ganar las elecciones de enero de 2006, se convirtió en la primera mujer en ocupar La Moneda.

Como Lagos, Bachelet, que visitó a ZP en La Moncloa tanto como candidata a la presidencia, en septiembre de 2005, como investida ya de la máxima magistratura chilena, en mayo de 2006, tenía una gran química personal y política con el líder socialista español.Y lo manifestaba adoptando desde el principio algunas de las medidas que éste había impulsado, como el establecimiento de un Gobierno paritario, con igual número de hombres que de mujeres. Bachelet afirmaba que su objetivo era construir un Estado de bienestar a la europea en su país y a escala latinoamericana, y compartía plenamente la visión de la comunidad iberoamericana de naciones recién renovada en la cumbre de Salamanca.

Zapatero y Lagos se habían visto en otras ocasiones y en aquel encuentro en La Moneda de enero de 2005 constataron lo mucho que les unía. Su visión del mundo era semejante: Lagos también se había opuesto a la guerra de Irak y sostenía que el único modo de no complicar más el siglo xxi era volver al multilateralismo y reforzar la autoridad de Naciones Unidas.También entendía que había que mojarse si la causa era buena, y, de hecho, la opinión del chileno había pesado mucho en la decisión de Zapatero de que España contribuyera militarmente a la misión de paz latinoamericana en Haití. Chile y España eran, además, socios en la Alianza contra el Hambre que inicialmente había impulsado el brasileño Lula.

En cuanto a las relaciones bilaterales, no había nubes en el horizonte. Chile era el tercer destino de las inversiones españolas en América Latina, tras Brasil y Argentina, y su apertura económica, ortodoxia financiera y seguridad jurídica ofrecían un buen panorama para que el dinero español siguiera afluyendo al país andino.

Varios enviados especiales subrayaron la gran diferencia entre la conferencia de prensa conjunta que Lagos y Zapatero ofrecieron en La Moneda y las que el primero había celebrado con Aznar. Lagos y Aznar solían limitarse a hacer el elogio de la buena marcha de las economías chilena y española, porque, en realidad, no tenían mucho más en común. En cambio, los dos socialistas también hablaron largo y tendido ante los periodistas de política internacional. Rechazaron, por ejemplo, que la polémica sobre el programa nuclear iraní se resolviera del mismo modo abrupto y belicoso que la de Irak. «El uso de la fuerza», recordó Lagos, «tiene que ser siempre una decisión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas».

Zapatero completó su estancia en Santiago con un desayuno de trabajo conjunto con Lagos y el socialista Tabaré Vázquez, que acababa de ganar las elecciones en Uruguay e iba a convertirse en el primer presidente de izquierdas en la historia de su país.

2 / Iberoamérica, capital Salamanca

Un portavoz de la embajada de Estados Unidos en Madrid cometió un desliz diplomático el 14 de octubre de 2005: inmiscuirse en los asuntos de la comunidad iberoamericana que ese día celebraba su decimoquinta cumbre anual en la ciudad de Salamanca, y ello sin tener otra información que la que le habían facilitado telefónicamente algunos periodistas españoles. La fulminante réplica de los líderes de México, Chile, Colombia, Portugal y otros países activó las alarmas en el mismísimo departamento de Estado, en Washington: alguien había metido la pata en Madrid y había que deshacer con rapidez el entuerto. El resultado fue una segunda declaración de la embajada norteamericana, el día 15, que elogiaba al Rey y al Gobierno de España.

Llegaremos a ello. Digamos ahora que en Salamanca estuvieron todos o casi todos los que tenían que estar: diecisiete de los veintidós líderes convocados. No faltaron el mexicano Vicente Fox, el chileno Ricardo Lagos, el argentino Kirchner, el uruguayo Tabaré Vázquez, el colombiano Álvaro Uribe, el brasileño Lula da Silva, los portugueses Sampaio y Sócrates, el peruano Alejandro Toledo, el venezolano Chávez... Hacía años que una cumbre iberoamericana no contaba con semejante quórum.

Hubo cinco ausencias, pero cuatro estuvieron más que justificadas. Los presidentes de El Salvador,Guatemala y Nicaragua cancelaron en el último minuto el viaje a Salamanca para enfrentarse a las terribles consecuencias del huracán Stan, que acababa de asolar sus países. Los tres, no obstante, participaron en la primera sesión de trabajo a través de video conferencia. Por su parte, el presidente de Ecuador no pudo viajar a España a causa de la repentina dimisión de su ministro del Interior. En cuanto al quinto ausente, Fidel Castro, nadie lo esperaba en realidad.

También fue distintiva la participación en la cumbre de Salamanca de representantes de organismos internacionales.Allí estuvieron Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas, José Manuel Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, Josep Borrell, presidente del Parlamento Europeo, y José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos.

Por la asistencia, por el clima de concordia que la dominó y por las decisiones institucionales adoptadas, la cumbre de Salamanca, entre el 13 y el 15 de octubre de 2005, fue el más exitoso acontecimiento internacional celebrado en suelo español en los dos primeros años de Gobierno de Zapatero. Cubrieron la cumbre nada menos que mil ochocientos profesionales de medios escritos y audiovisuales de treinta y cinco países.

El Gobierno la había preparado a fondo. Era la primera vez desde 1992 que España acogía este evento y, además, en una etapa de cambio político, con un Ejecutivo que concedía máxima importanciaa la relación con el mundo iberoamericano. El precedente del pinchazo de la anterior cumbre, la organizada por Costa Rica en su capital, San José, en noviembre de 2004, espoleaba a los implicados en los preparativos de Salamanca 2005.

Tras varios años de decadencia, que coincidieron con la estancia de Aznar en La Moncloa, el proceso iberoamericano tocó fondo en Costa Rica. Por un incomprensible error de calendario, esa cita coincidió con la celebración en Chile de la Conferencia Asia-Pacífico (APEC), obligando a muchos latinoamericanos a tener que escoger. Ello provocó ausencias significativas como las de los presidentes de Brasil, Perú y Chile.

Aunque Rajoy había querido responsabilizarle del pinchazo de Costa Rica, el Gobierno de Zapatero no sólo no organizó aquella cumbre -lo hizo el país anfitrión- sino que se la encontró servida al tomar posesión en la primavera de 2004. Eso sí, el nuevo Ejecutivo español se comprometió desde el momento mismo de la clausura de Costa Rica a que la siguiente cumbre, la que él iba a organizar, supusiera un relanzamiento del proceso iberoamericano.No sólo en materia de asistencia -una cuestión que obsesiona a los medios-, sino, sobre todo, en formato, espíritu y contenidos.

Al poco de aprobada en referéndum la Constitución Europea, María Teresa Fernández de la Vega tomó las riendas de la cita de Salamanca. Dirigió desde su despacho en el Edificio Semillas los trabajos de los altos cargos y funcionarios de la Presidencia y el ministerio de Exteriores encargados de las cuestiones políticas, organizativas y mediáticas, y efectuó varios viajes a los países invitados. La vicepresidenta visitó Costa Rica, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, México y Portugal. En agosto, en una de aquellas giras, declaró: «Vamos a bajar a tierra a los jefes de Estado, para que ellos, sin intermediarios, debatan de manera natural y sin conclusiones preestablecidas las cuestiones que afectan a los ciudadanos de la región».

Las cumbres iberoamericanas nacieron por iniciativa de México, que acogió en 1991 la primera, y de España, que organizó en 1992 la segunda. Su objetivo es doble: por un lado, ofrecer un marco de encuentro para que los participantes puedan resolver posibles diferencias coyunturales y abordar proyectos conjuntos a medio y largo plazo; por otro, ir construyendo la comunidad iberoamericana. Esa comunidad en construcción está formada por veintidós países de habla española y portuguesa: diecinueve en América y tres en la península ibérica (España, Portugal y Andorra). De ella forman parte unos seiscientos millones de almas.

El 14 de octubre, en un artículo publicado en Diario Cumbre, una publicación editada para la ocasión por el Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca, Zapatero señaló: «Los países iberoamericanos queremos que nuestra comunidad siga forjando su identidad colectiva y se proyecte al exterior, que hable con voz propia sobre los grandes temas de la agenda global. Queremos que sea una voz a favor de la paz, de la legalidad internacional, delmultilateralismo, del desarrollo económico con cohesión social y de la lucha contra el hambre y la pobreza».

El presidente del Gobierno proseguía así: «Los iberoamericanos compartimos mucho más que dos idiomas, una historia común y fuertes vínculos humanos, culturales y económicos. Compartimos una visión del mundo que debe oírse cada vez más fuerte en los foros internacionales. Estoy seguro de que, en este siglo xxi, Iberoamérica jugará un papel fundamental en el escenario global».

La ceremonia inaugural ya fue una novedad por su belleza, su carácter multimedia y su mestizaje de continentes y contenidos. La abrió un video con imágenes iberoamericanas que, sin pausa y con una sutil transición, se convirtió en un espectáculo en vivo y en directo de la bailaora María Pagés. Con un toque flamenco, María Pagés danzó temas iberoamericanos de las dos orillas del Atlántico, un poema de José Saramago y una versión de Imagine, de John Lennon. A Kofi Annan le encantó la alusión a la paz mundial de Imagine; a la Reina, el arte de María Pagés; al Rey, el conjunto de la ceremonia que, dijo, transmitía «una imagen vanguardista de España».

Otra de las novedades de Salamanca fue la ampliación de los foros de debate paralelos al encuentro de los jefes de Estado y de Gobierno: al clásico de los parlamentarios se le añadieron esa vez uno empresarial y otro cívico-social. El arte y la fiesta también estuvieron presentes. Durante varios días de octubre, Salamanca se convirtió en la capital cultural de Iberoamérica, con una variada oferta de exposiciones, conciertos, mercadillos, pases de películas y encuentros literarios. La cumbre de Salamanca tenía una nueva lógica y esto también se hizo evidente en la comunicación. Enrique Iglesias, que debutaba como secretario general iberoamericano, se convirtió en el portavoz del encuentro. Compareció con frecuencia ante los periodistas, lo que rompió con el secretismo y la falta de información de las cumbres anteriores. Los presidentes y los ministros de Exteriores también ofrecieron decenas de ruedas de prensa.

Para la historia de los veintidós países de habla española y portuguesa quedará el nacimiento en Salamanca de una institución colectiva permanente: la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), con sede en Madrid. Su creación respondió a la experiencia adquirida en los quince años anteriores, que había hecho evidente la necesidad de disponer de una institución estable. Hasta entonces, un clamoroso vacío ocupaba el espacio y el tiempo entre cumbre y cumbre.

La SEGIB, que pronto fue reconocida por Naciones Unidas y la Unión Europea, tiene como misiones colaborar con el país anfitrión en la organización de las cumbres iberoamericanas, efectuar el seguimiento de los acuerdos establecidos en esos encuentros y actuar como enlace entre unos y otros.También puede proponer iniciativas, programas y proyectos que fortalezcan la cooperación regional, y encarnar la proyección internacional de la comunidad iberoamericana. Así que el instrumento ya existe; el que desarrolle o no sus potencialidades dependerá de la voluntad y la capacidad de los políticos y los pueblos iberoamericanos.

Su primer titular, desde luego, no pudo suscitar mayor consenso. Enrique Iglesias, nacido en Asturias pero de nacionalidad uruguaya, presidente durante diecisiete años del Banco Interamericano de Desarrollo, es un hombre de prestigio en la Península Ibérica,América Latina, Estados Unidos y los organismos internacionales, un trabajador infatigable y un excelente comunicador. Se define políticamente como «conservador progresista» y suele bromear contando que las azafatas se sienten muy decepcionadas cuando le ven entrar a él en los aviones en vez del Enrique Iglesias que esperaban: el cantante hijo de Julio Iglesias y novio de la tenista Kournikova.

En una de sus primeras comparecencias ante los medios, en el Palacio de Congresos y Exposiciones, Enrique Iglesias informó que España, en la reunión plenaria que se estaba desarrollando en esos momentos en el Colegio de Fonseca, acababa de desembolsar sesenta millones de euros para paliar los efectos desastrosos del huracán Stan. En las siguientes, dio cuenta de otros acuerdos alcanzados en Salamanca: la creación de un mecanismo de respuesta rápida contra catástrofes naturales, la preparación de una conferencia sobre inmigración, la puesta en marcha de programas de alfabetización y de canje de deuda por educación...