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Pueblos indígenas

La autopista trae la muerte

Die Tageszeitung (Alemania)



“Queríamos llevar a los indígenas a los medios, porque hay mucha gente que cree que no existen”.

Cuando tensan sus arcos, no va en broma. La última vez en la selva brasileña, cuando el excursionista José Carlos Mireilles se acercó demasiado a los pueblos indígenas que viven allí, tuvo un encuentro doloroso con sus guerreros. Lanzaron sus flechas desde los arbustos. Una perforó su mejilla. Y hace diez años, un grupo de indígenas ya había quemado su puesto en la selva.

Pero este viejo de barba blanca, que desde hace veinte años intenta observarlos sin molestar su hábitat, siempre había tenido suerte. “Mientras nos reciban con arcos y flechas, todo está en orden”, dice a Die Tageszeitung. “Pero si se vuelven pacíficos, les amenaza el exterminio”.

Desde que lanzaran hace unos días [unas semanas] sus flechas contra una avioneta, los indígenas pintarrajeados de rojo de la selva amazónica en la frontera con Perú vuelven a estar en boca de todos. De repente, el mundo volvió a fijarse en los pueblos indígenas que viven en la selva sin contacto con nuestra civilización. Aunque no del todo sin contacto alguno. Retroceden regularmente desde Perú a la selva brasileña. Huyen de los leñadores. “Estos indígenas no quieren ningún contacto, pero por supuesto que conocen nuestra existencia”, dice Meirelles. “No quiero saber cómo se llaman, lo mejor es que se queden allí y nosotros aquí”.

El propio Meirelles ocupaba un asiento en el avión de las autoridades brasileñas para asuntos indígenas (FUNAI). Junto con el fotógrafo Gleilson Miranda, voló durante veinte horas sobre un pequeño pedazo de la región fronteriza entre Perú y Brasil. La excursión aérea de Meirelles es la continuación de una observación a largo plazo. Esta vez, los dos se trajeron mil fotos, entre ellas las que ahora provocan furor. “Queríamos llevar a esos indígenas a los medios, porque hay mucha gente que cree que no existen”, dice Meirelles, de 60 años.

“La existencia de este pueblo se conoce desde 1910”, cuenta el excursionista. “Hoy hay más cabañas que hace veinte años, cuando las observamos por primera vez, y son más grandes, y se sienten tan seguros que ahora viven en arroyos más grandes y con más peces”, señala. “Hay al menos el doble de gente que antes, son fuertes y están sanos”, dice con satisfacción. “Los campos son muy grandes, en ellos crecen entre otras cosas mañoca, maíz, algodón, plátanos, papayas y caña de azúcar”.

Cuando la Cessna de la FUNAI sobrevoló por segunda vez las cabañas de los indígenas, los hombres se habían pintado la cara con los colores de guerra, de urucum rojo. Mereilles vio claramente que la parte delantera de sus cráneos estaba afeitada hasta una diadema. Por atrás, el pelo caía hasta los hombros. Las mujeres se habían pintado de negro con el extracto de la planta del yenipapo. Todos llevaban unos delantales de algodón.

El equipo de la FUNAI halló esta vez las huellas de otros tres grupos. En dos cabañas cubiertas de hojas de palmera, a cien kilómetros al suroeste de los valientes “brasileños”, viven indígenas que según Meirelles parece que huyen de Perú. Al volar hacia ellos, desaparecieron en la selva. “Seguramente han tenido malas experiencias con aviones en Perú”, dice.

Traducción: Guillem Sans Mora