Hoy: 02 | 09 | 2010

>Proyeccion
Rabia
[20:00]

El Numa y el orden y estabilidad del territorio inventado de Juan Benet

Juan Benet: El Numa, mito de Región



Juan Benet

Uno de los grandes escritores españoles del siglo XX.

En un momento del arte español de escribir ficciones en prosa, uno de sus jóvenes cultivadores desenfundó con parsimonia un metafórico envoltorio de palas y piquetas e inició la demolición de todos los códigos hasta entonces transitados y respetados o tenidos en cuenta. A esta acción práctica, seguiría una memorandum razonado de motivos y fines, es decir, una teoría. El primer avance se ensayó en 196l, llevándose a la cima, con todas sus potencias y recursos desplegados, entre el 62 y el 64, por medio de un segundo artefacto. En el 65, apareció todo el plan, explicitado de sobra. Programa y propósito tales, se fueron cumpliendo de forma implacable y siempre al más alto nivel de excelencia, entre esa fecha y 1991. En 1993, moría el ejecutor, pero el cambio de agujas, tras el nuevo tendido de la línea, ya no conoció vuelta atrás. De esa herencia vivimos.

El ensayo general halló cobijo en un libro de relatos “Nunca llegarás a nada”, el dispositivo completo estaba listo cuando ,en 1964, se acabó de escribir “Volverás a Región”, aunque esta novela no apareciera hasta 1967. El plan de operaciones, la razón de ser de la demolición y sus contrapropuestas, se contenían en “La inspiracion y el estilo”, ensayo de 1965.

Juan Benet acometió, en primer lugar, lo inexcusable, lo que hace todo demiurgo que se respete: crear un territorio. Nada nuevo. Había precedentes muy ilustres, en idioma castellano: desde la Comala de Juan Rulfo, hasta el Macondo de García Márquez, pasando por la Santa María de Juan Carlos Onetti. Sin embargo, el precedente mas alto, del que todos los anteriores y, desde luego, Benet bebieron, tenía un nombre cimero: el del novelista norteamericano William Faulkner. Pero también inventaron universos inolvidables y sin referencia a realidad geográfica reconociuble, escritores como Ernst Jünger, Julien Gracq, Dino Buzzati, Italo Calvino y, entre los narradores españoles, Rafael Sänchez Ferlosio, íntimo y admirado amigo del ingeniero madrileño. De todos los universos autónomos mencionados, la admiración de Benet se decantó en favor de Faulkner y, en seguida, en Rulfo, por lo que hace al idioma castellano.

La demiurgia benetiana fue ideada, como ya he apuntado, para sus fines inconoclastas y regeneradores de la ficción en prosa española (de la que apenas absolvía a Cervantes, Clarín y Baroja), y de su vicio mayor, el cual cifraba, metafóricamente, en la “bajada a la taberna” y consiguiente instalación y complacencia en una lengua floja y sin brío. Para la sustitución de lenguaje e imaginario, concibió y levantó una arquitectura, que se fue desarrollando en círculos concéntricos o, mejor aún, en espiral, y cuyo núcleo quedó situado en el centro o corazón de un espacio. Su territorio inventado, Región, en que se han querido encontrar características del norte de León y el sur de Asturias, enmarca un bosque tupido e infranqueable, al que su creador llamó Mantua. Este lugar, imantado sobre cualquier otro de la compleja invención benetiana, aparece custodiado por un guardián de perfiles muy ricos, es decir, muy insertos en la simbología y el mito, al que bautizó como Numa, en recuerdo de uno de los primeros y un poco nebulosos reyes de la primitiva Roma, a los que alude un texto muy transitado y utilizado como fuente por el novelista, el clásico de la antropología británica de finales del XIX, “La rama dorada” de Sir James George Frazer.

La ubicación del bosque de Mantua, en el centro de Región, no podemos saber cuándo se produjo. Tenemos constancia cartográfica, en el mapa que el propio Benet confeccionó de sus dominios, con una pericia que en nada se separaba de los mejores de detalle, militares o civiles. Tal mapa aparecía encartado y suelto, en la novela “Herrumbrosas lanzas. Libros I a VI” aparecida en 1983. A lo largo de ese gran proyecto inacabado, aparecerían en los libros de la serie, otros planos de mayor detalle aún e incluso gráficos de acciones bélicas. En el momento de ver la luz la narración “ Una leyenda: Numa”(1978),la cual va a centrar esta charla, quiero suponer que la centralidad de Mantua era ya indubitable. A tal centralidad y a tan fabuloso bosque, no extrañó que correspondiese un habitante de excepción, el único, por cierto, que parece poblarlo, vigilarlo y recorrerlo. Y ello desde un tiempo que, como casi todo lo a él referido, parece oculto en las brumas de la más legendaria y borrosa de las indeterminaciones.

Si nos paramos en esa especie de subgénero en la ficción en prosa, que se asienta en lugares inventados, de mayor o menos correspondencia con una topología y una historia, enseguida podrá entenderse que, para los fines estratégicos de la poética de Benet, constituían el instrumento idóneo. Y ello porque le permitían saltar limpiamente por encima de sus dos abominaciones: por un lado ese ya aludido costumbrismo o naturalismo ramplón y previsible, por muy políticamente justificado que se pensara en la España de la posguerra, y, por otro, el vanguardismo de superficie que, para las letras europeas, supuso la irradiante obra de Joyce, a partir de “Ulysses”. Obra que, para Benet, tras volatines formales muy jaleados, no acertaba a esconder bien, lo que en realidad también era: puro costumbrismo, pura “taberna”. Existía un tercer modo, al que Benet `podría haber recurrido, manera que sí sorteaba los dos descartados costumbrismos. Coincidía con las últimas y elaboradas cotas que, en el muy complejo análisis psicológico en profundidad de personajes y comportamiento, habían llevado a cabo, básicamente, Marcel Proust y Henry James. Supongo que Benet pensó que dichas cotas eran irrebasables, incluso con una modulación personal, que la alejara del seguidismo. Por otro lado, esos dos escritores, sí gozaban desde la adolescencia y sin reserva alguna, de su absoluta devoción lectora. De modo que el tratamiento mitológico, simbólico y poético en prosa, que no desdeñaría excursos muy reiterados por la pura y dura especulación intelectual, aparcando la acción sin jamás excusarse por ello, a Juan Benet le pareció mecanismo apropiado y eficaz para emprender y dar cima a su ambicioso proyecto, de aireamiento y destitución.

Tales fines, estructurales y de punto de vista, serían servidos a través de un estilo muy singular. Una escritura que, para siempre, estaría conectada y participaría de la elocuencia más meditada, ese tono que Benet calificaba de “estilo noble” o grand style, cuyas fuentes y modelos, para él eran más antiguas en el tiempo que la visión del mundo que deseaba transmitir. Esos cánones elocutivos eran autores tan frecuentados al menos por el novelista como los modernos de finales del XIX y todo el XX. A mi me parece que no correspondían a la matriz castellana, sino a autores latinos como Tácito y Amiano Marcelino y más tardíos como Bossuet, Gibbon, Carlyle, Mommsen o Euclides da Cunha, pero que, fatalmente o al menos a mi, como lector, no pueden menos que sonarme, idioma materno y tradición propia mandan, a las mejores páginas de un Fray Luis de Granada o un Baltasar Gracián, autores a los que, al contrario de los muy queridos de nuestros siglos áureos como Mateo Alemán o el seco y eficaz Barnal Diaz del Castillo, raramente o nunca aludió Benet en sus libros, en entrevistas fiables o en charlas con los amigos.

Pues bien, sentado que el teñido de tales elocuencias foráneas y propias, ha sido el elemento barroco que lleva la batura en la retórica benetiana, el tránsito por su literatura, en el futuro, quizá varíe poco de lo que, cuantitativamente, y si exceptuamos acaso su novela policíaca “El aire de un crimen”, varió en vida de su autor. Y es que, este arte de la ficción en prosa, siempre supondrá una estrecha senda de alta montaña, para gentes tan exigentes, al menos, como Benet lo fue en sus lecturas, es decir, para pocos, y ello evolucionen como lo hagan en el futuro la novela, el relato y los gustos novelescos. Hay un elemento en la cochura estética de Benet, que rebaja aspereza a la innegable impronta oratoria, y por lo tanto fatalmente arcaizante de buena parte de su escritura y supuso para él y nosotros sus lectores, un alivio o un punto de fuga. Porque los grandes elocuentes a los que admiraba y en alguna medida continuó, carecieron, sin embargo, de un elemento, este si, absolutamente contemporáneo. En aquellos no habían dejado huellas, porque no existían, las concepciones modernas del espacio y el tiempo, de Einstein y Planck, a Heisenberg o Prygoguine, las cuales matizaron o disolvieron argamasa fideísta, introduciendo relativismos maravillosamente utilizables (y utilizados por Benet y otros novelistas “difíciles”) en aleación con el humor, gemelo del acaso, que se seguía de esos tan revolucionarios paradigmas, en el campo de las ciencias de la naturaleza, incorporados con mayor parsimonia, a escrituras, ideas y creencias.

Dicho lo anterior, hemos de volver al Numa, ese emblema de Región, esa figura, acaso la más importante, sin duda la más fascinadora de ese universo ficcional. Pero antes, no puedo sino hacer un brevísimo excurso sobre el significado mítico del medio donde vive el Numa, esto es, del bosque de Mantua, cuya soberanía e influjo, hay que decirlo de entrada, irradia mucho más de lo que su delimitación espacial podría indicar. La simbología, en Juan Eduardo Cirlot, por ejemplo, asocia el monte tupido y casi impenetrable, a potencias opuestas a las solares y conexas con la tierra. El ambiente sombrío y poco tranquilizador de ese espacio, lo conecta Jung, por su parte, con el aspecto también peligroso del inconsciente, con su naturaleza devoradora y ocultante de la razón del hombre. Ello explica que los bosques fueran los primeros lugares de culto propiciatorio y aplacador de los dioses, a través de ofrendas, suspendidas de los árboles. El bosque de Mantua, por otra parte, comparece en ocasiones con atributos humanos: piensa, desea, opina, siente. Tal humanización de lo telúrico, vendrá contrabalanceada por una condición cósmica del guardian, es decir, mítica a la máxima potencia.

El Numa, que algo tiene también de esos dioses bárbaros, de algún modo aparece, por oblicuo o elusivo que sea el modo, en casi todas las narraciones que transcurren en ese territorio de invención. La descripción física del Numa es tan madrugadora en Benet, como para avistarse en las primeras páginas de “Volverás a Región”, a mi juicio, y creo que Benet pensaba lo mismo, el buque insignia de toda la flota regionata. Uno no sabe que admirar más en los trazos del personaje, de una economía y potencia poética que nada ha de envidiar a la tragedia griega o al teatro shakespiriano. Se trata de un viejo pastor tuerto, astuto y cruel, vestido de pieles, calzado de cuero y con pinta de tártaro, que recorre el monte “con los ojos cerrados” y en otoño, cuando finaliza la temporada de caza, “acostumbra a cantar una canción muy larga y muy triste que viene a durar unos diez o veinte días”. Tal desamparado retrato, no debe mover demasiado a compasión, ya que Numa es un ser temible, un asesino desalmado. En todo caso, ese perfil es sobrepujado por otras connotaciones, no menos propias del sujeto: por ejemplo, su existencia tan sólo conjeturable, nunca segura, pues nadie lo vio y, si lo hizo, no vivió para contarlo; a este respecto es señalable el estado de alerta en que vive, en cuanto a todo elemento que amenace con invadir la propiedad, estado de alerta que, sin embargo, parece quedar desmentido, en “Numa (Una leyenda)” tras esa hipnosis mística de la lámina fluvial de agua, que va invadiendo una ladera del monte, un éxtasis que le impide volver la cabeza (y son las últimas seis palabras del relato) “ante el crujido de la hojarasca”. Benet, con astucia suma, no dice más, ahí concluye el texto, pero no la deseable coda imaginativa a cargo del lector que lo ha seguido.

La función guardiana del Numa, es tan abarcadora como para incluir, en realidad, un tutelaje producto de cierto trato, que echa sobre el guarda responsabilidades conminatorias, incluso trágicas, pero inconcretables, que tienen que ver con la preservación a rajatabla, de un cierto orden natural pero asimismo de la estabilidad social, descargando de esa tarea a los otros, a una tampoco muy concretable comunidad. A causa de tal asunción, no ha faltado crítico que ha querido ver en el terrible celador, una velada alusión a los poderes de un dictador, en el que se adivinaría en filigrana el perfil del general Franco. Tengo para mi, que acaso sea ir demasiado lejos, pero ninguna hipótesis puede ser descartada, por designio de la poética y el plan que guía y gobierna el texto. Lo que sí aparece en el relato, no podía ser de otra manera, siempre a lo lejos, en el espacio y en el tiempo, es la guerra civil en Región”: un par de frases informan de confusos y luctuosos hechos de armas. En todo caso, y aludiendo a esa asunción de responsabilidades (y culpas) la suponible primariedad espiritual del Numa, queda a veces desmentida. Benet pone en su boca o pensamiento, una reflexión que rebosa lucidez por parte del feroz custodio: él se encarga de mantener una paz que, por sus métodos, no puede ser más que delictiva, injusta y “ruin”, en tanto que la tranquilidad fuera ya de Mantua, la deja y sabe a cargo y bajo la responsabilidad de sus pobladores. Un apaño chapucero, que pudiera ser cualquier cosas menos un “pacto entre caballeros”.

Es evidente que la potentísima figuración del Numa, aun siendo muy personal, no surgió “ex nihilo”. Tiene su estirpe, en la que reconoceríamos desde el ángel provisto de la espada flamígera que expulsa del Edén a Adán y Eva, tanto en el relato bíblico como en el gran poema de Milton, texto muy frecuentado por Benet. La temible esfinge de la mitología griega también sería de esa familia de cancerberos, como el Minotauro, por deslizamiento o metamorfosis del bosque en laberinto, nada forzados por cierto.

El texto de “Numa: una leyenda”, se compone de dos partes bien diferenciadas, estructural y estilísticamente: una primera, escarpada y abrupta, llena de meandros, incisos, distingos, conjeturas e hipótesis, engastados en oraciones subordinadas y paréntesis que enmarcan a otros, esto es, todo el tan endiablado como riquísimo tejido retórico, tan grato al autor. En esta parte, que cubre los dos tercios aproximadamente del total, Benet agota prácticamente toda la combinatoria y las variaciones imaginables de los vínculos, físicos y anímicos, que pudiera mantener el guardián ( no se olvide, siempre de existencia hipotética) con los elementos de la naturaleza, las personas e incluso con categorías más o menos abstractas (el “numen”, la “propiedad”, los “principios”, el “mandato”, etc) que con el se relacionan. La alternancia y concatenación de figuras de lengua, es literalmente deslumbradora, uno de los más altos ejercicios de virtuosismo y poderío del narrador. Toda esta parte, más que ecos faulknerianos, parecería emparentada, con el Kafka de “El castillo”, por su indeterminación, carácter nebuloso, irrealidad o entidad irrebasablemente inconcreta y conjetural.

En la parte segunda, la escritura se destraba y corre con mucha fluidez por sus cauces, a causa sin duda de la dinamizadora y tensa peripecia que cuenta: un enfrentamiento a muerte entre guarda e intruso, que se resuelve en el abatimiento de éste último. Cuando en su día leí y releo ahora este tramo, de inmediato soy asaltado por imágenes visuales superpuestas al texto, de mucha pregnancia y relieve, que yo asocio a alguna de esas grandes y demoradas secuencias de peleas a muerte que, en paisajes accidentados y calcinados por el sol - aunque de sobra sé, que el bosque mantuano es más bien lóbrego - han filmado, en “westerns” ya clásicos, realizadores de genio como John Ford, Raoul Walsh, Anthony Mann o King Vidor. Esa energía, gusto por el detalle mínimo del escenario y máxima concisión verbal, es también la de la prosa de Benet, en las páginas terminales, que se cierran en un giro cósmico, enigmático y abierto, no frecuente ya, en esos grandes films.

A la memoria del lector curtido en Benet o a la curiosidad del aún novicio, dejo ya, pues el tiempo manda, la búsqueda, captura y arqueo, de otras apariciones, epifanías o simples citas, en la obra de su creador, del Numa, esa cifra seminal y acaso emblema central, el más alto y mítico, de todo el ciclo de Región, universo literario autónomo, sustentado, como ha apuntado con sagacidad algún estudioso, en dos pilares básicos: la pasión y la clausura. Benet, como esos grandes poetas de lo sombrío, en cuya estirpe lo veo y sitúo, siempre da ciento por uno, aunque pida un pequeño esfuerzo, por respeto al lector, al escritor mismo y a su alto concepto del arte de la palabra.