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Elecciones

Barack Obama y la última barrera

El Nuevo Herald (EE UU)



El demócrata Barack Obama durante su intervención ante los miles de seguidores concentrados en el Grant Park de Chicago, para celebrar su victoria.

La victoria del candidato demócrata Barack Obama en la recién terminada elección presidencial confirma la excepcionalidad norteamericana. Ningún descendiente de árabe o del Africa negra ha sido presidente en Francia. Más que asentado en las tradiciones y costumbres adquiridas desde una vieja historia como Inglaterra o Japón, Estados Unidos es el único país del mundo fundado sobre la base de un conjunto de ideas surgidas en Europa donde no podían aplicarse de forma prístina pues debían acoplarse a los mandatos de una larga tradición.

Los padres fundadores de la nación americana plasmaron en la Constitución los principios del liberalismo económico y político desarrollados por John Locke y Adam Smith. Redactaron un texto constitucional que partía de una concepción del hombre como un ser natural, igual y libre que se guiaba en sus acciones buscando el bienestar y la felicidad desde la perspectiva del interés personal. El atributo de la libertad y la igualdad eran así condiciones anteriores al surgimiento del contrato en que se fundan las sociedades humanas y, por lo tanto, la función del gobierno es protegerlas en lugar de limitarlas, como ocurre en los regímenes despóticos.

Quizás porque refleja algunos de los rasgos esenciales de la naturaleza humana, nunca un texto constitucional ha sido tan perdurable. Sin embargo, el texto constitucional introducía en el nuevo país un gran dilema interno que aún hoy se dirime: los postulados de la igualdad y libertad humanas entraban en contradicción con la cultura y las costumbres de los ciudadanos. A pesar de considerar a los miembros de la sociedad como ''individuos'' en lugar de castas o grupos sociales como en Europa, estos individuos ''libres e iguales por naturaleza'' resultaban ser sólo los [digamos que los hombres] anglosajones protestantes y blancos (WASP) para incluir mucho, mucho después a los europeos católicos y blancos (WEUPC). Por el contrario, en la práctica, los indios y los negros eran considerados y tratados como ''grupos'' y no como individuos; para masacrar y expropiar a los primeros, para esclavizar y/o segregar a los segundos.

Si descartamos el factor del vertiginoso desarrollo económico por el que se caracterizó, a partir de la aprobación de la Constitución (1788) toda la historia americana puede leerse como la agonía para acercar las costumbres y actitudes de la ciudadanía blanca de origen europeo a los principios constitucionales adoptados. El termómetro social que ha servido para medir cuánto se acercan o separan tales principios respecto a las costumbres de la ciudadanía y la palanca que ha forzado dicho acercamiento han sido los negros.

A los 74 años de existir en el concierto de las naciones, los WASP se enfrascan en una cruenta guerra civil cuya motivo primario fue el estatus de los negros. Los demócratas del Sur esclavista intentan separarse de la Unión ante los proyectos abolicionistas de los republicanos del Norte. El triunfo norteño provocó la desaparición de la esclavitud y el reconocimiento del negro como ciudadano, mientras que la posterior reconciliación entre sureños y norteños fue sobre la base de redefinir el lugar de los negros, ahora ''ciudadanos'' segregados, cuyos derechos civiles y políticos eran de hecho inferiores a los de los blancos.

No es hasta los años sesenta del pasado siglo, casi cien años después, y gracias al movimiento de los derechos civiles, cuando se empieza a desmantelar el sistema segregacionista y el estado federal adquiere un mayor papel como garante de los derechos de las minorías. A pesar del aumento de la representación política de los negros, su integración a la vida económica y social fue impuesta, contra la cultura, a la fuerza, desde las cortes, leyes y ordenanzas presidenciales. El resultado fue el surgimiento de una sociedad más diversa e integrada también por otras minorías, pero se asumía que un miembro de un grupo minoritario, y más un negro, nunca podría acceder a un poder --la presidencia-- que la costumbre reservaba siempre para un blanco de origen europeo.

La elección de Barack Obama ha roto, y esta vez no a la fuerza, la última barrera cultural del racismo de la sociedad americana. Obama ha hecho una campaña en cuyo discurso la raza no ha sido un factor --a la presidencia no se llega por affirmative action-- pero todos sabíamos que ése era el gran tema que se ventilaba en la conciencia de la mayoría de la ciudadanía.

El éxito o el fracaso de la gestión de Obama dependerá de si es tan buen estadista como buen político. Le deseo toda la suerte del mundo, pero debe saber que está condenado de antemano al triunfo, se le va a exigir y fiscalizar con el fervor que no se usó con la chapucera administración saliente.

Habrá quien cuestione este avance y argumente que para que Obama fuera presidente hubo que esperar a que el país comenzara a dejar de ser mayoritariamente blanco, y comenzara a parecerse a la mayoría de la gente del resto del mundo desde la India, China o Sao Pablo. Es cierto, pero esto no hubiera sido posible en Europa. Esta elección demuestra que el sueño de Martin Luther King se anida en el centro del sueño americano; y no olvidar que todo este desarrollo no es otra cosa que la realización de los principios de la misma Constitución --aún vigente-- sobre la cual se fundó el país.