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Disfraces que narran: uso y simbolismo de las máscaras en los carnavales de América Latina.

Disfraces que narran: uso y simbolismo de las máscaras en los carnavales de América Latina

Llega febrero y con él, del 12 al 18 de febrero en España, una de las festividades más celebradas del año: el carnaval. Desde México hasta Argentina, aunque las fechas varían según cada país, las calles se cubren de música, bailes y extraordinarios disfraces. Se instaura un período de fiesta durante el cual parece posible transgredir las reglas y revertir el orden social: el espacio público deja de ser un tercer espacio vacío de significado y se convierte en una gran pista de baile donde miles de danzantes expresan su identidad a través de máscaras y trajes.

Y es que en estas festividades las máscaras y disfraces juegan un papel esencial. Lejos de desempeñar una mera función decorativa o estética, estas prendas materializan la cosmovisión de cada pueblo. Aluden a creencias, rituales, costumbres e historias que han perdurado con el tiempo y que forman parte de su ecosistema cultural. 

Se estima que el uso de estas máscaras se remonta a tiempos de Grecia y Roma. Ya en este último imperio, durante el mes de febrero, se celebraba la Lupercalia, una fiesta dedicada a la fertilidad, la purificación y el desorden ritual. Se rompían las normas sociales habituales y se permitían comportamientos normalmente prohibidos, que eran encubiertos en ocasiones por máscaras que garantizaban el anonimato del individuo. 

Siglos después, durante la época colonial, las máscaras fueron utilizadas por los pueblos indígenas como herramienta política y forma de resistencia frente a los conquistadores europeos. Les permitían ocultar sus prácticas religiosas en contextos de fiestas cristianas, parodiar y ridiculizar a los colonizadores sin ser castigados y conservar identidades, mitos y memorias prohibidas. Era una resistencia simbólica, silenciosa y muy eficaz. De hecho, actualmente en el Carnaval de Oruro en Bolivia se baila La Diablada, una danza que tiene su origen en la época colonial. La “danza de los diablos” nació como una mezcla de rituales españoles y andinos e influencias asiáticas. Reunía a bailarines que, bajo máscaras, aparentaban aceptar el cristianismo, pero, en realidad, deseaban mantener viva sus creencias ancestrales sin enfrentarse directamente al poder colonial. Las máscaras de diablos no representaban el mal absoluto cristiano, sino fuerzas poderosas de la naturaleza, mientras que los trajes estaban cargados de símbolos andinos como serpientes, hormigas y sapos. 

De igual manera, en carnavales como los de Barranquilla (Colombia) y Brasil se utilizan máscaras y disfraces que no son sino lenguajes culturales cargados de historia, identidad y resistencia. En Barraquilla, el carnaval es un archivo vivo de su memoria y de la influencia indígena, africana y europea en el país. Las máscaras de animales y seres mitológicos recrean historias de la tradición oral. Así, encontramos la marimonda (máscara grotesca de nariz larga y orejas grandes que nació como una burla a las élites), el monocuco (disfraz que cubre todo el cuerpo y te permite bailar sin ser reconocido) o el diablo arlequín y los congos (mezcla de lo africano y lo europeo). Mientras, en Brasil la vestimenta está ligada a la historia de la esclavitud y la libertad. Es un carnaval performativo y masivo, donde el desfile cuenta historias: resistencia negra, mitos africanos y críticas sociales. Se usan plumas, brillos y colores como símbolo de orgullo, diversidad y reafirmación. 

Las máscaras y disfraces son memoria viva de la diversidad cultural del mundo. Estas vestimentas no solo aglutinan las costumbres y creencias de las comunidades, sino que actúan como puentes entre el pasado, el presente y el futuro. A través de ellas se transmiten experiencias colectivas y significados simbólicos que son un espejo del legado cultural de cada país. 

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