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Una granja de café en Salento

Cristina Zabalaga
El Eje Cafetero, 360 grados de paraíso en las montañas
Salento, Colombia
Fotos de: Cristina Zabalaga
Del departamento de Risaralda al Quindío. Así es como se llega a Salento, por Pereira. Es difícil no enamorarse del Quindío, lo complicado es partir, por eso Timothy decidió no volver a Inglaterra y decidió quedarse a vivir en Salento. Se casó con Cristina, y puso en marcha un albergue en una granja de café. La casa de Timothy y Cristina, donde se sirve el desayuno, está en uno de los puntos más altos de Salento. Desayunamos en la terraza con vista a las montañas. Además de la media docena de trabajadores, tienen voluntarios que a cambio de comida y alojamiento ayudan en la granja, The Plantation House. La producción en la granja no es masiva, apuestan por pequeñas cantidades de café más selecto tipo bourbon (aromático y suave), arábica (ácido) y robusta (fuerte). El café se planta en triángulos y se alterna con árboles de plátano, flores y piña. Lo cosechan cuando está rojo, casi guindo. Luego lo remojan entre 18 y 48 horas para que salga el azúcar, que luego aprovechan para hacer licor de café. Después de hacerlo secar durante varios días lo tuestan. Cuando mayor el tamaño del grano, el es más preciado. El Quindío es el paraíso de los amantes del café. Además de los granos de café, está el café recién molido, helados, galletas (cafecitas), dulce (cafequipe), y licor. De camino al mirador de Salento hay de todo. Una taza humeante de café servida por la familia de Jesús Martín. Trucha al ajillo con patacón pisado y yuca frita acompañada de una cerveza helada en el Arriero. Coco cortado que prepara Carlos en la plaza. Y una granadilla comida a mordiscos pausados. También venden películas, músicas de cuerdas del centro del país, y vallenato. ¿De dónde es esa música? Pregunto. De Ibagué, me dicen, de donde salen todos los músicos de Colombia. En Salento compro un poncho marulana blanco tejido a mano, y dos sombreros. Uno elegante que llaman aguadeño y otro que puedo doblar y guardar en la mochila sin pena, se llama volteao.

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