cine

EL EDIFICIO DE LOS CHILENOS

Documental

Su voto: Nada Media: 4.8 (Votos:8)
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23/03/2011. Coloquio tras la proyección de El edificio de los chilenos entre su directora, la chilena Macarena Aguiló, el cineasta español Santiago Tabernero y el público asistente a la proyección.

El edificio de los chilenos
Chile-Francia-Cuba-Holanda, 2010/ 95’
Dirección y guión: Macarena Aguiló.
Sinopsis
A fines de los setenta los militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), exiliados en Europa, regresaron a Chile a luchar clandestinamente contra la dictadura. Muchos tenían hijos que no podrían llevar con ellos. Así nació el Proyecto Hogares, un espacio de vida comunitaria que reunió cerca de sesenta niños que fueron cuidados por veinte adultos, llamados Padres Sociales. Esta es la historia de un pedazo de la vida de la cineasta Macarena Aguiló.

El cine documental es uno de los principales valores de las cinematografías de América Latina. Crece cuantitativa y cualitativamente su producción en casi todos los países del continente. Avalados por incuestionables méritos estéticos, los documentales latinoamericanos han generado, además, un potente espacio que propicia la reflexión y el debate, tan necesarios en la sociedad actual.

La diversidad de contenidos y, en particular, la pluralidad de los posicionamientos frente a las múltiples y complejas realidades sociales y políticas que abordan una gran parte de los trabajos, concita cada vez más el interés y reconocimiento de amplios sectores del público y la crítica. No puede hablarse hoy en el cine documental latinoamericano de tendencias o de movimientos, sino de autores que hacen de la libertad su principal herramienta y que libremente han optado por la no ficción para hablar de todo aquello que les motiva.

Con El edificio de los chilenos, el cine Iberia de la Casa de América inauguró la sección “Los martes del documental”, que se extenderá a lo largo de la programación de 2011.

Fecha: martes 22 de marzo de 2011.

Hora: 19.30.
Entrada libre hasta completar el aforo

 

El edificio de los chilenos
Chile-Francia-Cuba-Holanda, 2010
Color - HD – 95’
www.eledificiodeloschilenos.blogspot.com

Dirección: Macarena Aguiló.
Co-dirección: Susana Foxley.
Producción: Aplaplac Producciones (Chile).
Coproducción: Les Films d’Ici (Francia), ICAIC (Cuba), Canal 13 UC-TV (Chile), Ikon TV (Holanda).
Productor ejecutivo: Juan Manuel Egaña.
Productores: Juan Manuel Egaña, Macarena Aguiló.
Coproductores: Richard Copans, Camilo Vives.
Guión: Macarena Aguiló, Susana Foxley.
Fotografía y cámara: Arnaldo Rodríguez.
Montaje: Catherine Mabilat, Macarena Aguiló, Ilán Stehberg, Ismael Miranda, Galut Alarcón.
Sonido: Mauricio Molina.
Música: Elizabeth Morris.

Premios y festivale

Película realizada con el financiamiento de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y el Fondo Audiovisual (Chile) y la Fundación Jan Vrijman (Holanda).

Gran Premio: Festival Internacional de Documentales de Santiago-FIDOCS. Chile, 2010.

Mención de Honor DOK: Festival Internacional de Cine de Leipzig - Generation DOK. Alemania, 2010.

Mejor Documental del Año: CHILEREALITY - Festival de Documentales de Chillán. Chile, 2010.

Selección Oficial: Festival Internacional de Documentales de Amsterdam - IDFA (Panorama). Holanda, 2010.

Segundo Premio Coral de Documentales: Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. La Habana, Cuba, 2010.

Mejor Documental PINTACANES: Festival de Documentales de La Pintana. Chile, 2010

Premio Franja Dictadura y Memoria: Festival de Cine Social y de Derechos Humanos - DDHH de Valparaíso. Chile, 2010.

Premio Teens&Docs: Festival DOCSBarcelona. España 2011.

Premio Especial del Jurado: Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias. Colombia, 2011.

 

Macarena Aguiló (Chile, 1971)

Directora, guionista y productora.  Es Comunicadora Audiovisual titulada en el Instituto Profesional ARCOS. Desde 1997 se desempeña como directora de arte y ambientadora de películas y series de televisión tales como Paraíso B (2002); Justicia para todos, de Nicolás Acuña; y Sangre eterna (2000) de Jorge Olguín, entre otras.

En 2003 decide embarcarse en la realización su primer largometraje documental, El edificio de los chilenos, que cuenta una parte de su vida, permitiéndole a través de éste, el reencuentro con sus compañeros de infancia y con ella misma. Tras esta experiencia ha colaborado en los documentales Imagen final (2008) de Andrés Habegger y en La otra cara de la moneda (2010) de Marcia Tambutti.

El Proyecto Hogares fue una experiencia colectiva en tiempos en que la participación social tenía un sentido positivo, así lo aprendimos los niños que en él habitamos. El sacrificio de nuestros padres en su lucha por cambiar la sociedad chilena imprimió dolorosas y al mismo tiempo generosas vivencias en nuestras vidas. En momentos en que eso ya no tiene sentido, cuando los paradigmas del mundo han cambiado, cuando palabras como "revolución" y "socialismo" parecen ser muy lejanas, emprendo un viaje hacia la intimidad de esas vivencias construidas a partir de esos grandes ideales.

El edificio de los chilenos abre un espacio de conversación que rompe con el silencio guardado entre los padres e hijos protagonistas de esta historia, tendiendo un puente entre ese pasado y nuestro presente.
 

El edificio de los chilenos

Por Jorge Ruffinelli

A comienzos de los años 80s, el MIR convocó y organizó el regreso a Chile de sus militantes dispersos en el mundo, con el propósito de combatir y derrocar a la dictadura de Pinochet. La empresa fue inútil, y sus resultados humanos muy costosos. Poco se conoce sobre el “Proyecto Hogares”, con el que intentaron paliar la desunión forzosa de las familias, porque había que dejar atrás, por su seguridad, a los hijos. Cerca de sesenta niños chilenos formaron “familias sociales”, con padres y madres “sociales”, voluntarios que cuidaban a esos niños —primero en Bélgica, más tarde en Cuba— mientras sus verdaderos padres y madres ingresaban a Chile clandestinos, y muchos de ellos caían en la represión.

Esta historia, contada a la vez con delicadeza y contención notables, por un lado, y con una firme decisión por otra, es volcada en un documental estremecedor de Macarena Aguiló. Ella conoce lo que cuenta, pues fue una de las protagonistas inocentes, de los sesenta niños que durante cuatro años, y algunos para siempre, vivieron la separación familiar, con todo el drama de la carencia afectiva que ello supuso. Macarena tenía nueve años, y era hija de dos militantes del MIR, Hernán Aguiló y Margarita Marchi.

Un esbozo del tema, del documental y de su autora, se encuentra en Calle Santa Fe (Carmen Castillo, 2008), que dedicó una parte a reflexionar sobre el tema de este “abandono” de los hijos por causa superior, o aparentemente superior. Se examina allí el síndrome de ese abandono, y la contradicción de los militantes que querían hacer de Chile “un país mejor para nuestros hijos” mientras, en verdad, se separaban de ellos causando heridas emocionales en muchos casos irrecuperables. En Calle Santa Fe aparece Macarena trabajando en su propio documental, e incluso su madre, quien interpreta y justifica la acción del pasado.

El documental de Macarena Aguiló enfrenta el tema, como señalé, tenaz y dulcemente. Es una obra en apariencia suave por su estilo, pero de una poderosa fuerza en la construcción de sentidos.  El edificio de los chilenos es a la vez melancólica, y en lo que respecta a la autora y a sus “hermanos sociales”, convocados aquí, funciona como una especie de ejercicio terapéutico que consiste ante todo en dar testimonio y hablar, aunque, como varios señalan, jamás pudieron desarrollar ese diálogo con sus propios progenitores cuando volvieron a sus familias. El documental es doloroso —como una herida abierta— y a la vez anti-sentimental y anti-melodramático. Un tema que podía haber abierto las puertas a la manipulación emocional, en cambio es cauto, fino, inteligente. Se sabe (Macarena Aguiló parece haber

encontrado esa sabiduría natural en esta ópera prima), que la emoción más profunda se realiza en la relación entre lo que se dice y lo que se calla. Y su documental calla y dice de muchas maneras: con el uso de las cartas de sus padres, que la joven milagrosamente conservó (“tesoro escondido”); con los testimonios —incluido el revisionismo ideológico—, de los participantes históricos (el más elocuente aquí es Iván, el “padre social”); con dibujos y secuencias de animación de gran densidad simbólica; con numerosas fotos y algunas filmaciones de archivo y otras nuevas, sobre los lugares (el “edificio”, la escuela cubana) en que vivieron, el registro del espíritu de actividad colectiva de los niños (trabajo y juegos) y el de la solidaridad de Cuba con Chile.

Macarena está presente desde un comienzo en una breve y significativa secuencia de juego y cariño familiar con su propio hijo, y más tarde —en todo momento del documental—, con un estilo de “presencia” personal sin pretensión interventora, pero capaz de hacer oportunas preguntas incómodas a los responsables de las decisiones del pasado. Hay una permanente media sonrisa giocondiana en su rostro, y, en una secuencia, una lágrima muy legítima. El edificio de los chilenos está lejos de convertirse en un documental de confrontación generacional, aunque es en sí mismo —no tendría otro sentido su existencia— un juicio, sin sentencia ni condena, a quienes antepusieron lo social y político a la familia, el idealismo en el fondo ingenuo que pretendía “cambiar el mundo”, a la experiencia cotidiana de vivir. Se incluye una revaloración de esa vida cotidiana concreta, en una secuencia en que Hernán Aguiló se refiere a ella a partir de su déficit, su pérdida, y su final inexistencia.

El itinerario personal de Macarena, aunque no sea el tema central del documental, resulta un eje. Secuestrada a los tres años por la policía de Pinochet para forzar la aparición de su padre, después

fue llevada a Bélgica y a Cuba para formar parte de “su familia social”, y sólo regresó a Chile a los diecinueve años, luego de vivir un tiempo con una tía en Uruguay. El regreso a Chile, para ella como para los demás, significó confrontar el fracaso de sus padres por construir un nuevo país que ni siquiera hoy se ha logrado.

En una secuencia ciertamente enigmática, Macarena reúne todas las cartas que sus padres le enviaron a lo largo de los años, las pasa al computador en una versión impecable, las imprime en láser y se las regala a su madre y al compañero de ella: es la devolución de tantas palabras que nunca lograron sustituir la ausencia. De algún modo, El edificio de los chilenos también es una devolución. Es una “carta” cinematográfica que una de aquellas niñas, hoy adulta, nos entrega a toda una generación cegada por el idealismo. La película es un aporte documental importante a la historia, pero ante todo implica un deseo de comunicación. En una secuencia, una niña reflexiona sobre por qué los adultos jamás toman en serio sus reflexiones o sus consejos. Esta vez es preciso escuchar y ver —y aceptar— con oídos y ojos bien abiertos.

 

De lo individual a lo colectivo

El edificio de los chilenos

Por Felipe Azúa

El documental político autobiográfico contiene siempre un alto riesgo a la hora de revelar información, por un lado el pudor y por otro la necesidad de no caer en una declaración de egos de principiante. En El edificio de los chilenos, Macarena Aguiló presenta una historia global que parte de lo particular, una mirada al pasado y un repaso por historias sobrecogedoras que realizadas

con pulcritud poco acostumbrada terminan siendo un carta abierta al futuro de nuestro país.

La historia contada es bien simple y poco conocida, en medio de la dictadura militar en Chile, muchos militantes del MIR deciden terminar su exilio y regresar al país, para esto planean resguardar la seguridad de sus hijos pequeños y dejarlos en los países donde residen al cuidado de un grupo de “padres sociales” quienes cuidarán de ellos y luego llegarán a Cuba a una pequeña villa donde vivirán todos juntos en lo que todos conocerán hasta el día de hoy como El edificio de los chilenos por los propios residentes. El proyecto que contenía una mirada política sobre el rol de la familia (como analogía de los fundamentos políticos de izquierda) terminó alojando a cerca de sesenta niños y veinte adultos que se dividían en pequeñas familias, pero terminaban siendo todos una gran familia. Ahí los niños crecieron por años con las ideas de la libertad, el esfuerzo, las responsabilidades y los derechos, pero también con la real incertidumbre y temor sobre lo que sucedía con sus padres biológicos en Chile, o incluso si estos existían siquiera y no eran solo un invento de sus cuidadores. Así la historia transcurre con Macarena entrevistando a sus hermanos sociales hoy, a sus padres cuidadores, conversando con sus padres biológicos, tratando de encontrar un cierta “verdad” común sobre estos hechos.

Las conclusiones que se logran alcanzar son una pequeña muestra política de algunos problemas del planteamiento político del movimiento, el “Proyecto Hogares” termina desmembrándose, cada familia comenzó a decidir por su cuenta, varios jóvenes optaron por asistir a una beca internado en Cuba, algunos padres sociales terminaron retirándose del proyecto al ver que ya no eran necesarios, así las decisiones personales afectaron el bien común y se fue diluyendo el proyecto que vio crecer a gran cantidad de niños.

Esta historia contada en primera persona tiene una estructura muy fácil de seguir, denota una preocupación por la estructura del guión para llevarnos por los diversos temas, con un manejo de la construcción audiovisual muy depurado logrando un pasaje por la memoria personal y colectiva a través de archivos y “reconstrucciones líricas” que terminan llenando un vacío. El tema es bien resuelto y termina entregando diversos puntos de vista, si bien no todos claros, no existe un discurso determinante y respeta la visión de cada uno de sus entrevistados, ahí es donde podemos ver que la mayoría siente un dejo de nostalgia por su niñez pero no duda a la hora de decidir que hubiese sido mejor. Casi todos los entrevistados declaran haber necesitado la visión de familia común, biológica, etc. Si bien esto es un discurso conservador sobre la familia, la película se hace cargo de ello desde lo íntimo, no lo hace una visión discursiva sino que como parte de sus entrevistados y de manera personal de la realizadora. Los padres biológicos también hubiesen hecho las cosas de otra manera y los padres cuidadores se autocritican sobre la capacidad de el proyecto “Hogares” para dar una vida factible a un niño. Sólo un par de entrevistados (y creo que es sólo uno) el que valora la consecuencia de su madre al dejarlo en el proyecto y hasta el día de hoy agradece el hecho de encontrarla viva y bloquea la posibilidad de criticar algo de sus decisiones, claramente este “bloqueo” significa una autosatisfacción que el personaje (y el documental) ponen como tema para el país, un conformismo que poco tiene que ver con los ideales que representaba el mismo “Proyecto Hogares”. 

En fin el documental El edificio de los chilenos presenta una nueva oportunidad (como varias de las vistas en FIDOCS) para rescatar la memoria, física, arquitectónica, personal, el punto de vista sobre la infancia, el proceso político en Chile y que por sobre todo maneja de manera profesional el ejercicio de documento.