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América y los difuntos

Más allá del Día de Muertos y Halloween

Por Daniel Montesdeoca Jorge | 2 de noviembre de 2025

A finales de octubre y comienzos de noviembre, desde las montañas andinas hasta los cementerios llenos de flores de México, desde los altares caseros de Haití hasta las calles iluminadas de fuego en Nicaragua...algo sucede en América: los vivos se acuerdan de los difuntos.

Es un fenómeno tan extendido como antiguo, con mil rostros, nombres y sonidos. En unos lugares se celebra con música y artesanía; en otros, con silencio y rezos. Algunas de estas festividades son herencias prehispánicas o africanas, otras son el resultado del sincretismo entre lo indígena, lo afrodescendiente y lo católico. Pero todas comparten un mismo sentir, el de un pueblo que entiende que la muerte es parte del ciclo natural de una comunidad.  

Pero ¿por qué tantas culturas coincidían y coinciden en recordar a los difuntos alrededor de estas fechas? 

El velo entre mundos, cuando la noche se alarga  

Dejando atrás por un momento las fechas exactas, estos meses son un tiempo de tránsito, de umbrales abiertos: el fin de una estación y el inicio de otra, el comienzo de los meses más oscuros. En las antiguas sociedades agrícolas, el calendario giraba en torno a la tierra, su ritmo de trabajo y las horas de luz. La agricultura no era solo un medio de sustento, sino el centro simbólico de la existencia: marcaba los tiempos del trabajo, del descanso y de culto –agricultura y cultura comparten la raíz latina cultus-.  

En su expansión, el cristianismo acogió estas fechas en su calendario como el All Hallows’ Eve el 31 de octubre, el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre. Con la llegada del cristianismo a América, otras tantas celebraciones fueron reagrupadas bajo estas fechas.  

Hoy, más allá del célebre Día de Muertos o de Halloween, el continente americano conserva un legado de celebraciones tan diverso como cautivador:

Festival de los Agüizotes en la ciudad de Masaya, Nicaragua 

El último viernes de octubre las calles de Masaya se llenan de sombras, máscaras talladas en madera y fuego. El Festival de los Agüizotes recrea las leyendas y espíritus del folclore nicaragüense como el Cadejo o la Cegua, en una procesión nocturna de música, tambores y disfraces que comienza tras la Vela del Candil. Es una celebración popular donde el miedo se convierte en fiesta y en una catarsis colectiva. El término “agüizote” o “ahuizote” proviene del náhuatl "ahuitzotl". En el lenguaje popular "hablar agüisotadas" es "hablar puros cuentos".  

Xantolo en la región de La Huasteca, México 

En la región de la Huasteca —un amplio territorio cultural que atraviesa los estados de Hidalgo, Veracruz, San Luis Potosí y Tamaulipas— el Xantolo es una de las expresiones más complejas y vivas del vínculo entre los vivos y sus muertos. En localidades como Tlanepanco, en Huejutla, pero también en decenas de comunidades rurales y urbanas, esta celebración articula memoria, identidad y cosmovisión indígena en un mismo lenguaje festivo.

El término “Xantolo” proviene, con toda probabilidad, de una adaptación indígena de sanctorum (santos), introducida tras la evangelización. Sin embargo, más allá de su nombre, su lógica ritual hunde sus raíces en las antiguas creencias nahuas sobre el retorno temporal de las almas. Entre el 30 de octubre y el 2 de noviembre —aunque en algunos lugares los preparativos comienzan antes— se abre un tiempo extraordinario: el momento en que los difuntos regresan al mundo de los vivos.

Aunque el Xantolo coincide en fechas con el Día de Muertos y comparte con él el trasfondo sincrético entre cosmovisiones indígenas y calendario católico, no es simplemente una variante local de la misma celebración, sino una expresión con identidad propia. La principal diferencia radica en el énfasis. Mientras que el Día de Muertos —especialmente en su versión más difundida a nivel nacional e internacional— tiende a centrarse en el altar doméstico como espacio de memoria íntima, el Xantolo desplaza el eje hacia lo colectivo y lo performativo. Aquí, la relación con los difuntos no se construye solo desde la contemplación o la ofrenda, sino desde la acción: bailar, recorrer, encarnar. También cambia el tono. El Día de Muertos suele presentarse como una celebración que equilibra lo solemne y lo festivo en un marco relativamente estructurado —altares con niveles, elementos simbólicos definidos—. El Xantolo, en cambio, es más dinámico, incluso caótico en apariencia: las comparsas irrumpen en las casas, interactúan con los habitantes, mezclan lo sagrado con lo burlesco y diluyen las fronteras entre actores y espectadores. Además, hay una diferencia de escala cultural. El Día de Muertos ha sido institucionalizado, patrimonializado y proyectado como símbolo nacional de México. El Xantolo, aunque reconocido, sigue siendo profundamente local.

Halloween en Estados Unidos 

Festejado el 31 de octubre, nace del antiguo Samhain celta, la tradición cristiana y la inmigración irlandesa que llegó a Estados Unidos. Halloween se ha convertido en una fiesta global en su forma moderna: disfraces, calabazas talladas, truco o trato y decoraciones nocturnas. Más allá del consumo y lo lúdico, conserva el eco del viejo miedo al paso del verano a la oscuridad, al encuentro simbólico con los espíritus. 

Hanal Pixán en la Península de Yucatán, México 

En lengua maya, Hanal Pixán significa “comida de las ánimas”. Entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, las familias yucatecas preparan altares con los platillos preferidos de sus difuntos, como el mucbilpollo: un tamal horneado envuelto en hoja de plátano. Las casas y los cementerios se iluminan con velas, flores y rezos en maya. Es una celebración profundamente íntima, que une la memoria familiar con la cosmovisión maya sobre la muerte y la continuidad del alma.   

Los Barriletes Gigantes de Sumpango, Guatemala  

Cada 1 y 2 de noviembre el cielo de Sumpango se llena de enormes cometas artesanales de papel y bambú, algunas de más de 20 metros de diámetro. Los barriletes, elaborados durante meses, se elevan para guiar y comunicar a los vivos con los espíritus de los difuntos, abriendo un canal de conexión entre la tierra y el cielo. Si bien esta tradición local se remonta a tiempos muy antiguos, su transformación hasta adquirir el tamaño monumental actual de los barriletes es resultado del curso natural de las tradiciones que siguen vivas.

La Calabiuza en Tonacatepeque, El Salvador 

Una de las tradiciones más modernas, que surge como puro acto de sincretismo cultural hasta alcanzar una liturgia propia. El 1 de noviembre las calles de Tonacatepeque se inundan de personajes míticos del imaginario salvadoreño: la Siguanaba, el Cipitío, el Padre sin Cabeza o el Cadejo.

Impulsado en los años noventa por artistas, docentes y vecinos que buscaban recuperar las tradiciones locales y la herencia indígena frente al avance de Halloween. Es un desfile nocturno, colorido y contestatario, donde lo ancestral se mezcla con lo festivo. "Ángeles somos y del cielo venimos pidiendo ayote para nuestro camino, mino, mino’’.

Día de Muertos en México 

El 1 y 2 de noviembre -si bien desde el 28 de octubre ya se vive en las calles- tiene lugar una de las celebraciones más emblemáticas del continente americano. Los hogares y cementerios se transforman con altares de flores de cempasúchil, velas, pan de muerto, hojaldra o peluca, papel picado y fotografías de los difuntos. Los antiguos mexicas, mixtecas, texcocanos, zapotecas, tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos originarios adaptaron la veneración de sus difuntos, que coincidía con el final del ciclo agrícola del maíz, al calendario cristiano. La muerte no es aquí ausencia sino presencia: se le ofrece comida, música y compañía.  

Fèt Gede en Haití 

Durante los primeros días de noviembre la población vuduista de Haití organiza un gran desfile callejero. desfila por las calles. Camino a los cementerios, festejan con tambores, danzas y ofrendas al Baron Samedi y a los lwa gede, espíritus de la muerte y la fertilidad. Éstos van vestidos de blanco, negro y morado, con el rostro cubierto de polvo blanco, gafas de sol negras, un bastón en la mano y la indispensable botella llena de alcohol y pimientos picantes. Es una celebración irreverente, vitalista, con un protocolo muy establecido pero lleno de humor, donde el límite entre la vida y la muerte se disuelve con la música y el movimiento. 

T’antawawas y colada morada en las regiones andinas por el Día de los Fieles Difuntos 

El 2 de noviembre y por el Día de los Fieles Difuntos, en diferentes regiones andinas del Perú, Bolivia, Ecuador, Argentina y Colombia se preparan mesas-rituales con panes antropomorfos llamados t’antawawas, frutas, flores y bebidas. Los familiares se reúnen para compartir alimentos junto a las tumbas o en casa, en una atmósfera de respeto y convivencia.  

En Ecuador, esta fecha incluye la colada morada, una bebida espesa de harina de maíz morado, mortiño, mora, ataco o sangorache, frutilla, babaco, piña, naranjilla, hierba luisa, hojas de naranjo, ishpingo, canela y pimienta dulce. Este brebaje ancestral simboliza la herencia y el linaje familiar, y se prepara en el inicio y fin de las cosechas en las épocas de lluvia de octubre y noviembre, donde la cultura quitu-cara celebraba el viaje de la vida. Coincide, una vez más, el culto y la agricultura.  

Wallunk’a en los valles de Cochabamba, Bolivia 

Del 2 al 30 de noviembre transcurre una de las tradiciones más singulares. En esta celebración, se levantan imponentes columpios —wallunk’as— construidos con troncos de ceibo o eucalipto y asientos tejidos en phullu, una manta de lana de oveja elaborada a mano. Frente a ellos se alzan arcos decorados con canastillos, flores y cubos que los participantes intentan alcanzar en pleno vuelo. El ritual simboliza la conexión entre la vida y la muerte, el tránsito por los tres mundos de la cosmovisión andina —el cielo, la tierra y el inframundo— y marca el comienzo de un nuevo ciclo vital. 

La tradición refleja una visión más holística del significado de la muerte —similar al Fèt Gede haitiano, que fusiona muerte y fertilidad—, pues se entiende junto con otras dinámicas sociales. En la wallunk’a, a menudo el columpio es impulsado por un pretendiente, el “jalador”, mientras la comunidad acompaña con cantos, música y alegría.

Fiesta de las Ñatitas en los Andes de Bolivia 

Cada 8 de noviembre en el altiplano andino de Bolivia, un evento comunitario pone en escena una relación simbiótica con los difuntos: cráneos humanos devueltos a la presencia ritual como mediadores de favores vinculados a la prosperidad, la justicia o la protección familiar. Muchos acuden al gran cementerio de La Paz con ellos, ofreciéndoles tributo como flores, bebidas o cigarrillos. En muchas ocasiones no se trata de calaveras de familiares directos, sino de difuntos “olvidados”. 

Desde una óptica indígena aymara, no se trata de un culto a la muerte sino de una reafirmación de la vida, ya que los restos de estos difuntos son concebidos como semillas, como energías circulantes –ajayu o almas- que nutren los procesos agrarios, sociales y comunitarios, coincidiendo con el inicio del periodo de la fertilidad agrícola.  

Una misma pregunta, muchas respuestas

Todas estas celebraciones, tan distintas entre sí, comparten una convicción esencial: el recuerdo de los muertos no pertenece solo a la esfera privada, sino al tejido social. Recordar a los difuntos es una forma de ordenar el tiempo, de afirmar la pertenencia a una comunidad y de dar sentido a la pérdida.

En América, la muerte no siempre se vive como silencio. A veces canta, baila, come, desfila o se disfraza. A veces se la teme. Otras, se la invita a la mesa. Pero en casi todos los casos se la reconoce como parte de la vida común. Y quizá ahí resida la fuerza de estas tradiciones: en recordarnos que los muertos no solo habitan el pasado, sino también la forma en que una sociedad se piensa a sí misma.

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