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Arte latinoamericano para la Semana Santa

La Semana Santa en América Latina se convierte en un escenario donde historia, creatividad y vida cotidiana se entrelazan. Las calles se llenan de rituales, procesiones, música, gastronomía y artesanía que reflejan la identidad y la memoria de los pueblos. La fotografía, la música y el cine también participan de estas fechas, ofreciendo nuevas miradas que conectan lo tradicional con lo social. En este artículo exploramos algunas de esas expresiones artísticas. 

En Ciudad de México, la representación del Viacrucis en Iztapalapa es un ejemplo emblemático. Miles de jóvenes participan en la recreación de la Pasión de Cristo, cargando cruces de más de 90 kilos y encarnando personajes con un nivel de detalle sorprendente. La elección del joven que representa a Jesús se hace según su parecido físico, historia familiar y reputación en la comunidad, convirtiendo esta experiencia en un rito comunitario que transmite esfuerzo, orgullo y cohesión social. Para profundizar en la riqueza visual y humana de esta celebración, recomendamos el libro fotográfico Pasión en Iztapalapa (2008), publicado por Trilce Ediciones. Esta obra colectiva combina textos de destacados escritores y periodistas mexicanos como Laura Emilia Pacheco, Carlos Monsiváis y Juan Villoro con fotografías de diversos autores, todos asesorados por Pablo Ortiz Monasterio, uno de los artistas más representativos de la fotografía contemporánea del país.

Por otro lado, en la ciudad de Antigua Guatemala, las calles se transforman durante Semana Santa en auténticos lienzos efímeros gracias a las alfombras de aserrín teñido, flores, frutas y granos, que combinan creatividad y simbología. Estas alfombras no son solo decoración; constituyen un acto ritual y comunitario que articula identidad local y expresión artística, donde cada alfombra refleja un diálogo entre tradición y contemporaneidad: los motivos religiosos —cruces, pasos procesionales, escenas bíblicas— conviven con diseños abstractos, símbolos locales o referencias a la naturaleza. La construcción de estas alfombras involucra a toda la comunidad, desde familias hasta grupos vecinales, transmitiendo conocimientos técnicos y estéticos de generación en generación. El carácter perecedero de las alfombras, que serán recorridas y destruidas, pone de manifiesto una conciencia sobre la transitoriedad y el ciclo de la vida, un valor profundamente arraigado en la cosmovisión local.

La música como hilo conductor de las celebraciones, capaz de unir lo espiritual, lo social y lo cotidiano se ejemplifica con el boricua Ismael Rivera. En la salsa El Nazareno (1974) el artista le canta al Cristo Negro de Portobelo, Panamá. Esta imagen, venerada desde el siglo XVIII, recibe el nombre de “Cristo Negro” debido al tono oscuro de su talla de madera, que se ha convertido en un símbolo de identidad, resistencia y devoción popular. Rivera transforma esta devoción en un canto colectivo que celebra la amistad. 

También queremos destacar la canción Las Avispas (2004), de Juan Luis Guerra, que se desarrolla dentro del ritmo del merengue dominicano, género emblemático del Caribe que combina energía, baile y narrativas sociales. La canción utiliza la metáfora de las avispas para abordar de manera sutil conflictos sociales y dinámicas cotidianas, y se inspira en versículos bíblicos como Éxodo 23:28, que mencionan la acción de avispas como instrumento de liberación o justicia, dando un trasfondo simbólico a la narrativa. La obra incorpora elementos de identidad caribeña y del merengue popular, y contribuye a un mosaico sonoro que conecta estas fechas con historias de resistencia, humor y cohesión social.

La Semana Santa también se acompaña de música andina, con quenas, bombos y charangos en ciudades como Ayacucho (Perú). Cada nota, cada ritmo, se integra en un ritual sonoro que une generaciones y conecta lo ancestral con lo urbano. Esta dimensión andina tiene ecos también en el cine contemporáneo peruano: la película Madeinusa (2005), de Claudia Llosa, muestra cómo los rituales y las tradiciones locales de un pueblo de la sierra ancashina se entrelazan con la vida cotidiana y la identidad de la comunidad. Llosa captura la tensión entre lo sagrado, lo social y lo simbólico, convirtiendo la Semana Santa en un marco narrativo que explora la memoria cultural y los conflictos humanos.

Y es que las expresiones artísticas contemporáneas ofrecen nuevas formas de mirar estas fechas, revelando que la celebración va más allá de la identidad católica y se configura como un evento social que ordena los ritmos de la vida cotidiana. Entre los ciclos de trabajo y descanso, la Semana Santa canaliza energías colectivas y abre espacios de encuentro, diálogo y reflexión compartida.

En este sentido, el largometraje Semana Santa (2015) de Alejandra Márquez Abello ofrece una mirada cinematográfica que utiliza la festividad como contexto temporal y simbólico. La directora construye un potente símbolo de la familia contemporánea, reflejando sus tensiones, vínculos y dinámicas cotidianas.

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