literatura

Narradores de un cuarto de siglo

Narradores de un cuarto de siglo

Jorge Edwards

Por Jorge Edwards, escritor

A comienzos de este siglo, en 2003, publiqué un libro de ensayos, Diálogos en un tejado, cuyo título se refería a un fenómeno generacional marcado, reiterado, curiosamente colectivo. En mis primeros pasos de escritor, en el Santiago desaparecido de la década de los cincuenta, me internaba desde la entonces llamada Alameda de las Delicias, la avenida principal de Santiago de Chile, por la calle Lira, que se prolongaba hacia el sur de la ciudad. Después de la cuarta o de la quinta esquina se llegaba a los portones de una casa colonial conocida como la “Casa del Coro”. Era la casona de varios patios donde ensayaba el coro de la Universidad de Chile, dirigido por un personaje apasionado, tenaz, lleno de paciencia, que se llamaba Mario Baeza. Al fondo de aquella casa, el entonces muy joven Alejandro Jodorowsky disponía de un par de habitaciones donde se refugiaba su teatro de títeres; donde las dos hijas de Álvaro Yáñez, que firmaba sus obras de ficción como Juan Emar, creaban los personajes – Don Perlimplín y Belisa en su jardín – con engrudo, cartones y retazos de tela de diversos colores, y donde Alejandro daba  clases de mímica a cuatro o cinco alumnos. Pues bien, llegaba desde mi casa en la Alameda, me asomaba a ese taller que parecía estar en ebullición constante, y Alejandro me pasaba una capa roja. Eso significaba que teníamos que subir al tejado para conversar, libres del bullicio del coro, y que las dos muchachas Yáñez, Clarita y Pilar, debían dedicar su tiempo y sus manos a la confección de muñecos de tela, cartón y engrudo.

Los diálogos en el tejado de la calle Lira tenían una fuerte atmósfera entre literaria y onírica. El surrealismo criollo, cuyo círculo de Santiago, La Mandrágora, no estaba lejos, y que se comunicaba con frecuencia con Elisa, la mujer de André Breton, chilena de origen, tenía alguna conexión con todo esto: Alejandro y yo, cubiertos con capas rojas, nos sentábamos en el tejado colonial de aquella casa, y al otro lado, los locos del manicomio de Santiago, con sus viejos capotes militares, nos gritaban y nos hacían toda clase de morisquetas.

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